En febrero de 2015, el príncipe Guillermo plantó un cerezo Taihaku en la embajada británica de Tokio, acto que cierra más de un siglo de dedicación silenciosa.
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En febrero de 2015, el príncipe Guillermo plantó un cerezo Taihaku en la embajada británica de Tokio, acto que cierra más de un siglo de dedicación silenciosa. Esta es la historia de Collingwood Ingram, horticultor inglés que pasó su vida preservando la diversidad de cerezos ornamentales mientras Japón optaba por la uniformidad. A través de diarios, archivos y encuentros con descendientes, Naoko Abe traza cómo una flor efímera y un hombre singular revelaron visiones irreconciliables de la naturaleza y la identidad.
Las flores de cerezo aparecen brevemente cada primavera en Japón, marcando rituales de comunidad y transiciones de vida. Naoko Abe creció junto a estos árboles, fotografiada cada año escolar bajo sus pétalos, sin preguntarse por qué casi todos los cerezos de su país pertenecían a una única variedad. No fue hasta mudarse a Londres en 2001 cuando vio la multiplicidad de especies británicas —flores blancas, rosas, rojas, variedades que florecían en cascada— que comprendió lo que se había perdido.
Su búsqueda la llevó a Collingwood Ingram, inglés nacido en 1880 que viajó a Japón en tres ocasiones. Regresó convencido de que muchas variedades de cerezo ornamental desaparecían. Durante casi un siglo, rescató del olvido al Taihaku, hibridó nuevas variedades y regaló semillas a jardines del mundo entero.
Lo singular de su vida fue enfrentarla a un dilema histórico. Mientras Ingram trabajaba por la diversidad, Japón la rechazaba sistemáticamente. Entre los años veinte y treinta, un gobierno militarista promocionó el Somei-yoshino como símbolo de conformidad nacional, plantando millones de ejemplares. La flor fue reinterpretada como emblema de muerte gloriosa para justificar el sacrificio por el emperador. Las variedades cultivadas durante siglos desaparecieron sin resistencia.
El libro de Abe revela cómo la historia de Ingram ilumina un conflicto profundo: la tensión entre uniformidad y diversidad, entre conformismo y disidencia, entre dos naciones insulares que entendían la naturaleza de formas radicalmente distintas. A través de archivos olvidados y jardines donde sus cerezos aún crecen, Abe conecta la vida efímera de una flor con el destino de dos países separados por guerra pero unidos, finalmente, por la creencia de que lo diferente merece ser salvado.
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