Un escritor parisino asiste a una ceremonia de premios menores donde conoce a un misterioso vendedor de comienzos de novela que afirma que las primeras frases pueden comprarse como un producto de su agencia.
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Un escritor parisino asiste a una ceremonia de premios menores donde conoce a un misterioso vendedor de comienzos de novela que afirma que las primeras frases pueden comprarse como un producto de su agencia. Desconcertado por el encuentro y sintiendo que su vida se dispersa como las partículas de un cometa cada vez que abandona su apartamento, el protagonista intenta mantener su cohesión entre la soledad de su escritorio, el escrutinio del portero que sabe demasiado de él, su pequeño huerto parisino y las calles de la ciudad que lo desintegran en fragmentos.
En un jardín mojado de París, durante la ceremonia de entrega de premios literarios menores, un escritor observa a los asistentes con la precisión de quien ha pasado su vida escrutando a las personas. Su atención está fragmentada, dividida entre la multitud de escritores y críticos que se mueven entre bufetes de comidas exóticas, champán y conversaciones codificadas. Entonces aparece un hombre con rasgos imposibles de fijar, cuya voz susurra teorías sobre la importancia de la primera frase de una novela: esa chispa que detona toda una avalancha de narrativa. La primera frase es un embrión repleto de posibilidades, un big bang que alumbra mundos enteros. El hombre desaparece dejando un regalo perturbador: la tarjeta de un vendedor de comienzos de novela que lleva trescientos años proporcionando frases iniciales para autores desesperados. De vuelta en su piso parisino, donde escribe frente a un ordenador en un trance hipnótico, el escritor descubre que el portero Busbib sabe que es escritor. Pero hay algo peor: cuando sale de su apartamento siente que se desintegra. Como un cometa en descomposición, su cuerpo permanece íntegro, pero su ser se dispersa en millones de partículas invisibles pegadas a desconocidos, absorbidas por objetos, esparcidas en cada frase cortés. Solo se siente completo frente al ordenador, donde su vida fluye directamente del cerebro a la pantalla, y en su pequeño huerto de cuatro metros cuadrados donde cultiva cebollas, coliflor y perejil según una teoría propia. Entonces llega una carta manuscrita de Guy Courtois escrita en papel A4 con pluma estilográfica, en resistencia contra la urgencia de la modernidad. La sombra del hermano mayor Víctor, ese genio que dominó la infancia del protagonista, se asoma en los márgenes como promesa de complejidades aún no reveladas.
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