Desde una hamaca en la piscina de Caracas, una mujer medita sobre el asesinato que acaba de cometer: la ejecución de Lautaro, un antiguo terrorista de ETA arrepentido al que amaba.
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Desde una hamaca en la piscina de Caracas, una mujer medita sobre el asesinato que acaba de cometer: la ejecución de Lautaro, un antiguo terrorista de ETA arrepentido al que amaba. Su reflexión se convierte en una confesión sobre años de crímenes cometidos bajo diferentes identidades, sobre los vacíos entre la venganza de su padre y la violencia sin sentido, sobre la soledad radical que ha elegido como único territorio seguro. Una novela de susurros que interroga los límites entre la culpa, la libertad y la locura.
Acechada por la certeza de que iba a asesinar a un hombre al que admiraba, respetaba y con el que había hecho el amor apenas la noche anterior, una mujer se tiende en una hamaca frente a la piscina del Tamanaco mientras los aviones rasan el cielo de Caracas. Medita su plan de acción. Repasa, una vez más, la lógica imposible de lo que está a punto de hacer. Porque nadie la obliga. Nunca la ha obligado nadie.
Lautaro Céspedes fue parte de ETA, fue terrorista. También fue amante, confidente, compañero. Y ahora está arrepentido, aplastado por sus propias culpas, incapaz de continuar matando. Ella, sin embargo, seguirá. Porque aunque comenzó matando por venganza —para honrar la muerte de su padre—, descubrió que la venganza se agota mientras la violencia perdura. Se ha convertido en algo más que un crimen. Se ha convertido en una identidad que la habita sin pedirle permiso.
A través de la voz de esta mujer que se reinventa constantemente, adoptando nombres y rostros diferentes, la novela despliega un monólogo íntimo que oscila entre la confesión y la justificación. María de las Mercedes. Rocío. Serena Andrade. Cada nombre es una muerte y un nacimiento, cada identidad la marca con la sangre de sus víctimas. La protagonista reflexiona sobre sus crímenes sin los arrebatos del dramatismo: con la serenidad de quien ha entendido que la razón es un lujo frágil, que los cerebros humanos funcionan en la oscuridad, que la locura puede ser más honesta que la cordura.
Bajo esa frialdad late una pregunta que no deja de pulsar: ¿mataba para vengar a su padre, o mataba para escapar de la soledad? ¿Era libre, o era presa de una predestinación que la eligió incluso antes de nacer? La novela no ofrece respuestas fáciles. Solo la voz de una mujer que ha elegido la soledad absoluta como su única posesión.