En Sevilla, durante noviembre de 1926, un hombre lleva a cabo un ritual terrible en su cochera mientras su hijo aguarda enfermo en el piso de arriba.
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En Sevilla, durante noviembre de 1926, un hombre lleva a cabo un ritual terrible en su cochera mientras su hijo aguarda enfermo en el piso de arriba. De manera simultánea, un general descubre que su hija ha sido borrada de su hogar: no quedan rastros de ella, salvo un billete de tren cortado cuidadosamente en cuatro mitades. Estas historias dispares convergen en un laberinto de corrupción, tráfico ilícito y desapariciones que pone al descubierto los secretos más sórdidos de una ciudad envuelta en la niebla de sus propios crímenes.
El hombre sostiene el recipiente de barro que recoge la sangre que acaba de brotar. Su mano áspera de sal marina guarda aún la sensación de la piel suave de la pequeña, del cabello que casi se deshacía mientras la sujetaba. Evita mirar hacia abajo; prefiere fijar la vista en el calendario de la pared que marca el 23 de noviembre de 1926 en la cochera anexa a su casa. Sabe que lo que acaba de hacer será la primera de muchas veces.
En otro lugar de la ciudad, un general regresa a su hogar y descubre que su mundo ha sido desmantelado sistemáticamente. El columpio en el que mecía a su hija ha desaparecido. Los retratos que colgaban en la escalera, cada uno un testigo de sus veintinueve años de vida, han sido arrancados. La habitación de la muchacha, ciega y sorda de nacimiento, está vacía: ni la cama, ni los juguetes, ni siquiera la alfombra permanecen. Solo un billete de tren para Madrid reposa en el suelo, cortado con precisión en cuatro mitades. Es un mensaje. Un ultimátum. Aquellos que se lo han arrebatado todo son capaces de hacer cualquier cosa si no obedece.
Mientras el general permanece paralizado ante el vacío de lo que fue su existencia, un joven traficante de mercancía ilícita llamado Éctor se mueve entre los márgenes de la ciudad: recetas falsas de morfina, películas pornográficas, transacciones en la penumbra de portales. Vive gracias al negocio de su mujer, una comerciante de telas, y merodea por los puestos del mercado negro, siempre atento a los desperdicios. Sus encuentros ocurren en lugares furtivos: la estación, los pasillos de pisos oscuros donde arquitectos italianos desolados amamantan sus adicciones junto a niños que lloran en las profundidades de casas heladas.
Las historias se entretejen en noviembre de 1926, en una Sevilla donde desconocidos investigan desde las sombras, donde desapariciones y crímenes quedan registrados solo en calendarios publicitarios. Lo que une a estos hombres es el horror de un conocimiento que no pueden compartir, la certeza de que están siendo observados, la imposibilidad de escapar de un laberinto en el que han sido forzados a entrar.
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