Octubre de 1871. Seiscientos soldados avanzan por las llanuras de Texas en una columna que serpentea entre arroyos y matorrales. Bajo el mando del coronel Mackenzie, un oficial cuya mano derecha fue desfigurada en la guerra, estos hombres…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Octubre de 1871. Seiscientos soldados avanzan por las llanuras de Texas en una columna que serpentea entre arroyos y matorrales. Bajo el mando del coronel Mackenzie, un oficial cuya mano derecha fue desfigurada en la guerra, estos hombres persiguen a los comanches quahadi. La marcha marca el inicio del fin de un conflicto secular. Mientras la frontera occidental, que durante un siglo avanzó implacablemente, comienza a retroceder ante las tribus nómadas, Mackenzie recibe una orden clara: destruir a los comanches. Este relato cuenta cómo una campaña de octubre en las Grandes Llanuras cambió para siempre el destino de la conquista de América.
Octubre de 1871. Seiscientos soldados de infantería y caballería atraviesan las llanuras de Texas en una marcha que marca el inicio del fin de las Guerras Indias de Estados Unidos. Muchos de estos hombres son veteranos de la Guerra de Secesión, y ahora se adentran en el Llano Estacado, un territorio casi desconocido para los blancos, en busca de los comanches quahadi. Al frente va el coronel Ranald Slidell Mackenzie, un oficial joven y difícil, graduado primero de su clase en West Point, cuya mano derecha desfigurada por una herida de batalla ha generado entre los indios un apodo: Jefe Sin Dedos. Aunque no lo sabe aún, Mackenzie está a punto de revolucionar la manera en que el ejército estadounidense hace la guerra.
La frontera occidental vive una crisis sin precedentes. Después de más de un siglo de expansión prácticamente inevitable hacia el oeste, los colonos comienzan a abandonar sus tierras. El fenómeno es sorprendente para una nación que acaba de triunfar en su guerra civil y que controla toda América del Norte sin rivales externos. El problema está en las tribus indias que persisten en las Grandes Llanuras, especialmente los comanches, quienes en los últimos años han detenido el avance civilizador e incluso lo han obligado a retroceder. La “política de paz” encomendada por el presidente Grant a sus misioneros cuáqueros ha fracasado estrepitosamente. El general William Tecumseh Sherman, azote de la Confederación, ha decidido que el tiempo de la tolerancia ha terminado. Su instrucción es clara: matar comanches. Comienza la solución final.
Los quahadi son una banda diferente a otras tribus de las llanuras. Son nómadas cuyas tiendas se mueven entre las grandes manadas de bisontes, cazadores que se han enriquecido con decenas de miles de caballos. Bajo el liderazgo del joven Quanah —cuyo nombre significa “aroma” en lengua comanche—, han evitado todo contacto permanente con los anglosajones, rechazando incluso los tratados que obligaron a otras naciones indias a retirarse a reservas. Los quahadi comercian con los comancheros mexicanos, no con los estadounidenses. Son tan esquivos que las primeras etnografías no los mencionan hasta 1872. Controlan territorios prácticamente inexpugnables: el Cañón de Palo Duro, el segundo más grande de América del Norte, y el Llano Estacado, una meseta árida y monótona que para los españoles parecía “una alucinación de pesadilla”.
Cuando los tonkawa —exploradores indios aliados, miembros de una tribu casi exterminada por los propios comanches— encuentran las primeras huellas, comienza una persecución que Mackenzie apenas comprende. El coronel carece de experiencia en este tipo de guerra. No conoce el terreno. No sabe cómo luchar contra enemigos nómadas en su territorio. Pero está a punto de aprender. Este relato reconstruye cómo una campaña de otoño de 1871 se convirtió en el punto de inflexión que definiría el fin de un conflicto que había durado dos siglos y medio, desde que el primer barco europeo llegó a las costas de Virginia.