Una investigación que sigue la ruta global del tomate desde los campos de Xinjiang hasta las fábricas que lo transforman en concentrado. El libro abre en un campo chino donde recolectores migrantes y trabajadores locales cosechan tomates…
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Una investigación que sigue la ruta global del tomate desde los campos de Xinjiang hasta las fábricas que lo transforman en concentrado. El libro abre en un campo chino donde recolectores migrantes y trabajadores locales cosechan tomates bajo un sol ardiente, trabajando por salarios mínimos. Desde esos campos, la mercancía viaja hacia las grandes corporaciones agroalimentarias del mundo.
Un autocar llega a un campo de tomates cerca de Wusu, en Xinjiang. De él descienden recolectores que se apresuran a prepararse para una jornada de trabajo exhausto. Entre ellos hay niños de apenas catorce años que cargan sacos de veinticinco kilos por algunos céntimos. La escena es el punto de partida de una investigación que rastrea la cadena global del tomate concentrado, una mercancía que circula por todo el planeta sin que muchos sepan de dónde proviene ni bajo qué condiciones se produce.
El libro traza el viaje de esta materia prima desde los campos chinos hasta las fábricas de procesamiento, y desde allí hasta las mesas de consumidores en decenas de países. En Xinjiang, Cofco Tunhe, un gigante estatal chino que es el segundo productor mundial de concentrado de tomate, opera quince plantas de procesamiento. Esta empresa procesa anualmente 1,8 millones de toneladas de tomate fresco para producir 250.000 toneladas de concentrado, que luego vende a las principales multinacionales agroalimentarias: Heinz, Nestlé, Unilever, PepsiCo, Campbell Soup y otras.
Los campos de Xinjiang están trabajados por migrantes procedentes de Sichuán, una provincia pobre situada a miles de kilómetros al interior de China, así como por trabajadores locales uigures. La recolección es ardua, realizada a mano con machetes bajo temperaturas extremas, por salarios que rondan los treinta céntimos de euro el saco. El trabajo infantil es normalizado en estos espacios; niños menores de diez años acompañan a sus padres, y a partir de los trece o catorce años trabajan de forma independiente.
La investigación penetra en las fábricas, lugares que permanecen usualmente ocultos al escrutinio público. En la planta de Changji, una de las más modernas, el concentrado se procesa mediante máquinas de origen italiano. El tomate se limpia, tritura, calienta y deshidrata mediante evaporación industrial. El concentrado resultante se introduce en barriles metálicos azules, se sella y se etiqueta como “Made in China” antes de ser transportado por ferrocarril hacia los puertos de exportación.
Lo que emerge es un retrato de cómo una mercancía aparentemente simple conecta a trabajadores rurales chinos con consumidores urbanos en todo el mundo. El concentrado de tomate, obtenido en campos donde predominan las condiciones laborales precarias, se convierte en ingrediente de pizzas, salsas y alimentos procesados que se comercializan bajo marcas de renombre global.
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