Silverio, un hombre perezoso, vende accesorios de celular en un centro comercial en ruinas. Un predicador Testigo de Jehová lo recluta y encuentra propósito en aquella vida de caminatas.
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Silverio, un hombre perezoso, vende accesorios de celular en un centro comercial en ruinas. Un predicador Testigo de Jehová lo recluta y encuentra propósito en aquella vida de caminatas. Todo cambia cuando conoce a Telma, mujer casada de ojos duros cuyo marido es un pescador violento. Lo que comienza como romance clandestino se convierte en un acuerdo mortal: Telma le pide que asesine a su marido arrojándolo al mar desde un tiburonero. Silverio, atrapado en las redes del deseo, acepta.
En un puerto mexicano, Silverio cierra el candado de su tienda de accesorios de celular. Es un hombre sin dirección, que ha fracasado como marinero y ahora se gana la vida vendiendo bagatelas a clientes que apenas lo notan. Su madre ha muerto, y con ella, la última persona que creyó en él. Aldo Flores llega un día con un folleto azul sobre la vida eterna. Silverio, desesperado, lo sigue como una sombra. En la taquería del padre de Aldo, limpia mesas y aprende el lenguaje de los predicadores Testigos de Jehová. Se pone ropa ajena, una corbata heredada. Por primera vez desde la infancia, tiene un lugar donde existir. Pero Silverio no es un creyente verdadero. Su falta de voluntad lo lleva a buscar algo más tangible que la promesa del paraíso. La encuentra en la colonia 12 de Mayo: una casa azul cielo con conchas de almeja incrustadas en la fachada. Telma abre una puerta de herrería con una mirada que hiela y quema. Es casada, morena, con las piernas bronceadas y un moretón fresco bajo el ojo derecho. Su marido es Humberto, pescador fornido que gana dinero en tiburoneros y gasta su salario en bebida. Lo que comienza en un catre de cuerdas se convierte en obsesión mutua. Telma es una mujer de cuarenta años que ha construido su refugio con sus propias manos, que no tolerará abandonarlo a la calle. Silverio es un hombre que nunca ha tenido nada y que descubre que el deseo es más fuerte que la voluntad. Una noche, Telma le propone lo inevitable: él debe enrolarse en el barco de Humberto como pescador, y cuando llegue el momento, empujarlo por la borda. Después, serán libres juntos. Silverio quiere rechazarla. Recuerda el horror de sus días en el mar, enfermo y llorando, burlado por la tripulación. Pero Telma lo seduce de nuevo, y él cede. Su debilidad se convierte en crimen. Cuando por fin ve a Humberto, un hombre fuerte y aparentemente sin culpa, desayunando pescado frito en el comedor de su propia casa, Silverio comprende que ha cruzado un umbral del que no hay retorno: es ahora un cómplice, un instrumento en manos de una mujer que lo desea pero no lo ama.
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