Un hombre es detenido por dos policías y trasladado en coche hacia la capital. Durante el viaje, experimenta una angustia creciente, perseguido por la sensación nebulosa de una culpa que no logra recordar.
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Un hombre es detenido por dos policías y trasladado en coche hacia la capital. Durante el viaje, experimenta una angustia creciente, perseguido por la sensación nebulosa de una culpa que no logra recordar. Sus pensamientos vagan entre detalles íntimos de su vida: un sastre que conoce, un abrigo favorito, una niña llamada Fioreya. La velocidad del vehículo y el pánico lo acorralan hasta un punto de quiebre. Cuando el coche se detiene en un semáforo en la ciudad, abre la portezuela y se lanza desesperado hacia el tráfico en busca de escape.
Virgilio Delise, un hombre de gustos refinados y vida ordenada, es detenido por dos policías que lo recogen de su habitación en un pequeño hotel de provincia. Lo hacen sin asperezas, sin violencia, pero Delise ya ha despertado con la certeza de que este momento llegaría, como quien reconoce el final de una pesadilla largamente anunciada.
Durante el trayecto hacia la capital, la angustia crece de modo insidioso. No es el miedo físico lo que lo domina, sino algo más perturbador: una culpa vaga, sin objeto claro. Un delito olvidado pero no menos grave por su ausencia de memoria. Los pensamientos se le dispersan: recuerda a Sebastián, su sastre, las minuciosas conversaciones sobre telas de tonos discretos; su mejor abrigo de entretiempo; la pequeña Fioreya; su infancia en un parque de atracciones donde fue forzado a subir una y otra vez al tobogán; un piano en la barra de un hotel en el que solía pasar los fines de semana.
El viaje se prolonga. El coche cobra velocidad en la carretera principal, línea recta que se acerca al acantilado y al mar. La velocidad se vuelve insoportable. Delise contempla la portezuela, la distancia hasta la manecilla que la abre. Considera el salto, como si fuera una solución. La angustia toca su punto máximo cuando ve las primeras luces de la capital en el horizonte. Sabe que cuando cruce ese umbral, algo se cerrará detrás de él para siempre, algo de lo que no podrá volver.
Pero en el caos del tráfico urbano, en un semáforo en rojo, algo cede. Abre la portezuela con una simplicidad casi inconsciente y se lanza hacia el tráfico, dejando su abrigo en las manos del policía joven. Es un acto de ruptura, un último intento de eludir la trampa que se cierra, de resistir a un destino que le resulta incomprensible.
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