En una venta junto al Jarama, Lucio ocupa cada tarde su mismo rincón, siempre de igual manera: la espalda contra la pared oscura, la cara hacia la puerta abierta.
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En una venta junto al Jarama, Lucio ocupa cada tarde su mismo rincón, siempre de igual manera: la espalda contra la pared oscura, la cara hacia la puerta abierta. El ventero Mauricio atiende desde el mostrador en este domingo de calor asfixiante. Mientras llega el hielo en barras, mientras discuten sobre si la hija Justina irá al cine, mientras aparecen Sebas y Paulina en moto, seguidos de otros jóvenes en bicicleta, se despliega un retrato minucioso de la provincia española: la atmósfera previa al desborde de gente que busca alivio en el río.
En una venta solitaria junto al Jarama, el hombre llamado Lucio se sienta cada tarde conforme a una costumbre invariable: la espalda pegada a la pared oscura del fondo, la cara hacia la puerta abierta, hacia la luz. Así se parapeta, observando. El ventero Mauricio atiende desde su mostrador. Ambos saben lo que sucederá hoy: es domingo, hace un calor sofocante, treinta y cinco grados a la sombra. La multitud bajará al río.
Mientras esperan, la venta registra sus pequeños movimientos. Llega Demetrio con las barras de hielo envueltas en arpillera; Mauricio las parte con martillo, y los fragmentos saltarán hasta la manga de Lucio. Faustina, la esposa del ventero, entra peinándose y reclama que su hija Justina pueda ir al cine en lugar de quedarse trabajando. Justina aparece pidiendo dinero, primero treinta pesetas, después cincuenta. Los hombres conversan: el calor, los años anteriores, cómo la venta ya no está tan sola como antaño.
Entonces aparecen Sebas y Paulina en moto, los primeros de un grupo de jóvenes que vendrán a bañarse al río. Otros llegarán en bicicleta, adelantados en la carretera. Piden vino, cuatro botellas. Preguntan si pueden dejar sus bicicletas en la venta, como el año pasado. La calma inicial cede ante la proximidad de la avalancha. Mauricio se prepara; la venta está por llenarse.
La novela comienza así: observando cada detalle con precisión serena. El mostrador ondulado grabado en los antebrazos de Mauricio, el hielo que se deshace en gotitas sobre la manga, los billetes mojados del cajón, la arpillera de las barras. Es el retrato de una España provincial de los años cincuenta, donde el río representa alivio y donde cada gesto, cada pausa, compone una imagen completa de la vida cotidiana.