Prudence Wilkin, una mujer de Nueva Inglaterra de sesenta años, se sienta descalza en un muro de piedra con su canasta de hierbas, exhausta por el trabajo incesante.
Descargar
Prudence Wilkin, una mujer de Nueva Inglaterra de sesenta años, se sienta descalza en un muro de piedra con su canasta de hierbas, exhausta por el trabajo incesante. Dieciséis años atrás llegó a Asís y se casó con Tonio, un camarero italiano que le ocultó su numerosa familia. A los veinte meses, Tonio murió, dejándola viuda con ocho niños y la abuela a su cargo. Agotada, Prudence mira con odio el viejo cobertizo junto a su puerta, símbolo de todo lo que desearía transformar en su jardín para el próximo 4 de julio.
Una mujer de Nueva Inglaterra llamada Prudence Wilkin se sienta en un muro de piedra con una canasta de hierbas y una hoz. Con sesenta años, la piel quemada por el sol, los ojos azules brillantes en su rostro arrugado, ella encarna una energía contenida, aunque años de trabajo constante han consumido la fuerza que la caracterizara. Lleva descalza la tierra italiana bajo sus pies durante dieciséis años.
Vino a Asís siguiendo a Tonio, un camarero apuesto que la cortejó en Perugia con palabras e insistencias a las que ella, soltera y candorosa, no supo resistir. En toda su vida, nadie le había dirigido una palabra de cortesía; aquel hombre le ofreció algo que jamás había experimentado: la atención romántica. Se casó con él, dispuesta incluso a caminar hasta la China si eso lo complacía. Pero la realidad que encontró en Asís fue bien distinta. Tonio no estaba solo en el mundo como le había dicho. Tenía una familia numerosa: ocho niños, una abuela postrada en cama, un tío poeta que vivían en una casa miserable en la colina. A los veinte meses de matrimonio, la fiebre lo llevó. Prudence quedó viuda, responsable de toda aquella gente en un país extranjero, con ochenta y cinco dólares en el bolsillo.
Durante dieciséis años ha trabajado sin descanso. Comenzó con ocho horas el día del funeral; ahora trabaja catorce o más cada jornada. Ha limpiado la casa pequeña de piedra amarilla, ha cocinado para bocas exigentes, ha cuidado de la abuela Yaya, una anciana cuya voz chirría entre constantes quejas y acusaciones. Lentamente, ha logrado que los hijos mayores encuentren trabajo: uno en la lechería, otro en carpintería, una chica con una familia acomodada. Pero el trabajo nunca termina.
Su odio más profundo se concentra en el viejo cobertizo junto a su puerta, ese cobertizo que ha albergado alternadamente vacas, cabras y puercos. Lo mira con una aversión que se ha fortalecido a lo largo de dieciséis años, como si aquel lugar condensara todo aquello de lo que desearía huir. Pero no puede huir. Ahora, después de años de sacrificio, Prudence alberga un sueño modesto: ganar dinero suficiente para transformar su jardín. Piensa en trabajar cortando patrones durante el día, mientras deja a la abuela a cargo de Nounce, la frágil joven que crió desde bebé. Sueña con tener su jardín limpio y ordenado para el próximo 4 de julio, una celebración de independencia en tierra extranjera, dieciséis años después de haber llegado por amor.