Desde su ventana en el piso bajo, Taro observa a una vecina que recorre la manzana una y otra vez, fascinada por la casa azul celeste. En el View Palace Saeki III, un edificio tokiota donde los apartamentos llevan nombres de signos del…
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Desde su ventana en el piso bajo, Taro observa a una vecina que recorre la manzana una y otra vez, fascinada por la casa azul celeste. En el View Palace Saeki III, un edificio tokiota donde los apartamentos llevan nombres de signos del zodiaco, la vida transcurre en momentos de soledad y curiosidad callada. Mientras Taro preserva los restos de su padre en un mortero guardado en el fondo del armario, la llegada de esta mujer misteriosa perturba la rutina de su silenciosa existencia.
En las cercanías de una estación de Tokio, rodeado de callejuelas de un solo sentido, se alza el View Palace Saeki III, un pequeño edificio de apartamentos donde sus residentes no utilizan números para identificar sus viviendas sino los signos del zodiaco chino. Taro habita el piso bajo del tramo corto de este peculiar edificio. Desde su ventana que da a un patio prohibido de tres metros cuadrados donde crecen hierbajos entre ladrillos de hormigón, observa los árboles que desbordan del muro de cemento y la casa de madera de la antigua propietaria, ahora ingresada en una residencia de ancianos. Lleva casi una década en la ciudad, apenas cruzando palabras con sus vecinos salvo algunas breves interacciones de cortesía. Un viernes por la mañana, Taro descubre a la mujer del apartamento del Dragón, su vecina de arriba, realizando un recorrido peculiar y deliberado alrededor de la manzana. La sigue sin proponérselo y la ve detenerse una y otra vez frente a la casa azul celeste que ocupa la esquina opuesta: una construcción de estilo occidental con vidrieras decoradas con lirios, un tejado en forma de pirámide aplastada, muros de yesería que simulan escamas y un jardín cuya belleza parece cautivarlo de manera obsesiva. La mujer, bajita y de cabello negro, viste con desparpajo y escrutina la casa con una atención que desafía explicación racional. En el apartamento de Taro hay un mortero y una maja de piedra guardados desde hace una década, instrumentos que utilizó para triturar los huesos de su padre tras la cremación. Los conserva visibles en el fondo de un armario de la cocina, como si su presencia física pudiera impedir que olvide. En los márgenes de esta vida cotidiana, donde los días transcurren en silencio entre el trabajo en una oficina compartida y el retorno a la soledad del View Palace Saeki III, la llegada de esta mujer abre una puerta a lo desconocido. Cuando ella y la Mujer Serpiente, una vecina amable y excéntrica que viste con retales de kimono, aparecen juntas en su puerta una tarde lluviosa con un regalo envuelto en papel floreado, Taro apenas puede reconocer a quien lo ha observado con tanta fijación.
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