Versalles, agosto de 1674. Mientras Luis XIV dirige sus tropas contra una coalición europea, Jean-Baptiste de La Quintinie libra su propia guerra en los vergeles reales.
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Versalles, agosto de 1674. Mientras Luis XIV dirige sus tropas contra una coalición europea, Jean-Baptiste de La Quintinie libra su propia guerra en los vergeles reales. Jardinero que abandonó el derecho, cultiva frutas y hortalizas bajo supervisión del monarca. En la corte, los cortesanos desprecian su rústico aspecto, pero La Quintinie permanece absorto en su labor sin tregua contra plagas y estaciones. Cuando el rey regresa a París, el jardinero permanece en Versalles, escribiendo detalladas cartas sobre sus cultivos y planes para expandir el jardín.
En agosto de 1674, mientras Luis XIV dirige sus tropas contra una coalición europea, la corte de Versalles vive en la expectación de cada parte de batalla. Sin embargo, en los vergeles reales, lejos del fragor bélico, Jean-Baptiste de La Quintinie libra su propia campaña silenciosa. Hace años que el rey lo designó intendente de los huertos, tras reconocer en él a un verdadero artista. La Quintinie, quien abandonó una carrera de derecho para dedicarse a la horticultura, ve en esta responsabilidad la oportunidad de alcanzar la perfección que Luis XIV exige de todos sus colaboradores.
El campo de tres hectáreas ha sido completamente transformado: bonificada la tierra, abiertos nuevos canales, construidos invernaderos, plantados árboles frutales. Cada día, la lucha de La Quintinie es contra la naturaleza misma: plagas de insectos, ataques de depredadores, inclemencias de las estaciones. Su pequeño ejército de obreros trabaja bajo sus órdenes precisas; sus armas son sencillas pero eficaces; sus victorias se miden en cosechas abundantes que alimentan al monarca.
En la corte, La Quintinie despierta envidia. Los cortesanos, que lo ven llegar sucio de tierra con ropa de trabajo, lo ridiculizan por su falta de refinamiento. Algunos lo acusan de protestantismo, de ser antiguo frondista. Pero nadie olvida que el rey lo visita frecuentemente en su jardín, permaneciendo horas observándolo trabajar. La Quintinie apenas presta atención a estos rumores. Su única satisfacción viene del trabajo cumplido y de saber que sus frutos alimentan al soberano.
En octubre, cuando la corte regresa a París, La Quintinie permanece en el palacio vacío. El trabajo continúa sin pausa: debe mantener temperaturas en los cultivos, proteger árboles del hielo, preparar nuevas plantaciones. Tres veces por semana envía canastas de frutas al Louvre. En las noches, escribe largas misivas al rey describiendo cada labor, cada nueva especie, sus planes para duplicar la producción. En Versalles invernal, La Quintinie pasea en soledad por los canales brumosos, pensando en sus semillas y en la próxima primavera.
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