Un albañil reconoce al arzobispo en el asiento trasero de un colectivo. Ese encuentro fortuito encapsula la esencia de este libro: el testimonio de Jorge Mario Bergoglio, quien se presenta a sí mismo con humildad persistente.
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Un albañil reconoce al arzobispo en el asiento trasero de un colectivo. Ese encuentro fortuito encapsula la esencia de este libro: el testimonio de Jorge Mario Bergoglio, quien se presenta a sí mismo con humildad persistente. He pecado, me he equivocado, tales fueron mis defectos. Sus reflexiones orbitan en torno a dos obsesiones recurrentes: el encuentro y la unidad entre los hombres. La obra recorre su trayectoria en la Iglesia argentina, sus convicciones sobre la espiritualidad compartida, sus enfrentamientos con el poder político y su inquebrantable dedicación a los pobres.
Un rabino abre este libro de reflexiones del cardenal Bergoglio con un reconocimiento poco frecuente en la historia religiosa: es la primera vez que un líder judío prologa los pensamientos de un sacerdote católico de la magnitud del arzobispo de Buenos Aires. No se trata de una devolución de cortesías, sino de un testimonio del diálogo profundo que ambos hombres compartieron durante años, unidos por la búsqueda de Dios y la espiritualidad que habita en todo ser humano.
Bergoglio no practicó el diálogo interreligioso mediante etapas graduales de aproximación. El acercamiento comenzó con chanzas ácidas sobre equipos de fútbol y derivó inmediatamente en conversaciones sinceras sobre los temas fundamentales de la existencia. Cada uno abrió su corazón al otro. Sus diferencias doctrinales nunca impidieron que compartieran un compromiso común: la convicción de que los círculos viciosos que degradan la condición humana pueden ser quebrados.
Este libro es el relato de vida de un hombre que, con humildad constante, reconoce sus errores: he pecado, me he equivocado, tales fueron mis defectos. Sus reflexiones giran en torno a dos obsesiones recurrentes: el encuentro y la unidad entre los hombres, entendida como un estado de armonía donde cada uno, desde su particularidad, contribuye al crecimiento material y espiritual del otro. Todo se fundamenta en una palabra central: el amor.
La trayectoria de Bergoglio en la Iglesia argentina muestra a un hombre que rechazó el ceremonialismo, que viajaba en colectivo, que pasaba noches en parroquias asistiendo a sacerdotes enfermos, que se negó a vivir en la elegante residencia arzobispal y continuó en su austero cuarto de la curia. En las villas de emergencia, un albañil lo reconoció sentado en uno de los últimos asientos de un colectivo, como uno más, y esa cercanía ganó su corazón para siempre.
Bergoglio aborda sin reservas las problemáticas contemporáneas de la Iglesia católica y critica abiertamente sus falencias. Fue él quien, durante el estallido social de 2001, tomó el teléfono para frenar la represión. Sus homilías en los Tedeum se convirtieron en cátedras cívicas, donde advirtió sobre la intolerancia y el peligro de quienes se sienten tan incluidos que excluyen a los demás.
La obra testimonia también su participación en el cónclave de 2005, cuando su nombre resonó como uno de los grandes candidatos. Observadores coincidieron en que obtuvo un número de votos sin precedentes para un purpurado latinoamericano, pero él mismo decidió ceder sus sufragios para evitar prolongar un proceso que podría afectar la imagen de la Iglesia.