El presidente de la Corte Suprema lee furioso en su despacho un dictamen judicial redactado en castellano. Así comienza la confrontación entre August Cartwright, el magistrado conservador que preside el distrito, y Harry Spencer, un juez…
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El presidente de la Corte Suprema lee furioso en su despacho un dictamen judicial redactado en castellano. Así comienza la confrontación entre August Cartwright, el magistrado conservador que preside el distrito, y Harry Spencer, un juez de setenta y tres años cuya irreverencia y decisiones innovadoras son una constante molestia. La publicación de esa sentencia, acompañada de críticas públicas, abre la puerta que Cartwright buscaba para forzar la renuncia del viejo Spencer y limpiar su jurisdicción de las excéntricas ideas de un juez que no respeta las convenciones.
En su despacho del tribunal, el presidente August Cartwright lee con incredulidad un dictamen judicial redactado en castellano. El juez Harry Spencer, una figura controvertida de setenta y tres años, ha decidido emitir su fallo sobre el derecho a educación bilingüe para refugiados iraníes en el idioma de la comunidad afectada. Aunque el Tribunal de Apelaciones apoya la decisión, sus comentarios son mordaces: califican el dictamen de excéntrico, caprichoso e incluso quijotesco.
Para Cartwright, la noticia publicada a primera plana del Law Journal es un insulto a toda la institución judicial. Durante años ha tolerado a Spencer: sus interrupciones sarcásticas a los abogados, sus críticas a los fiscales por entrapamiento, su abierta hostilidad hacia cualquier forma de hipocresía dentro del recinto. Pero esto es demasiado.
El verdadero problema es que Spencer representa una amenaza personal. Mayor en edad y antigüedad que Cartwright, rechazó el cargo de presidente cuando se le ofreció. Ahora es un aguijón permanente en la jurisdicción: un juez que cuestiona constantemente el status quo, que interviene en los procesos cuando considera que la decencia está en juego, que no respeta los protocolos establecidos.
El incidente de la abogada joven es apenas el precedente más reciente. Spencer le ordenó que se vistiera con decoro, con su característica rudeza. La abogada se quejó; el Colegio de Abogados envió una delegación; Spencer respondió con una mezcla de principios y arrogancia, rechazando cualquier reprensión y amenazando incluso con solicitar membresía en el Colegio de Abogadas para demostrar un punto legal.
Ahora, con la publicación de este dictamen en castellano, Cartwright ve la oportunidad que esperaba. Formará una comisión de investigación discreta pero letal. Elegirá jueces leales, incluido a Walter Conable, cuya larga asociación con Spencer podría usarse para simular imparcialidad. El objetivo es claro: forzar al viejo Spencer a renunciar o jubilarse, eliminando de una vez por todas esa voz incómoda que cuestiona todo.
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