A las cinco y cuarto de la mañana, un periodista mexicano camina por las calles aún oscuras de Brooklyn hacia la Corte Federal del Distrito Este, donde decenas de policías y alguaciles federales custodian el juicio que atraería la atención…
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A las cinco y cuarto de la mañana, un periodista mexicano camina por las calles aún oscuras de Brooklyn hacia la Corte Federal del Distrito Este, donde decenas de policías y alguaciles federales custodian el juicio que atraería la atención mundial. Esta es la crónica de las treinta y ocho audiencias contra Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, el narcotraficante más buscado de las últimas décadas, un relato que revela los entresijos de un imperio criminal y las profundas diferencias entre los sistemas judiciales de Estados Unidos y México.
En la madrugada del trece de noviembre de dos mil dieciocho, un corresponsal mexicano se dirige a la Corte Federal del Distrito Este en Brooklyn para cubrir el juicio que cautivará la atención de medios en todo el mundo: el de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, narcotraficante mexicano de celebridad internacional. Las medidas de seguridad desplegadas son extraordinarias, con decenas de policías neoyorquinos y alguaciles federales rodeando el edificio judicial, un despliegue que contrasta de manera irónica con la estatura del acusado, un hombre de poco más de un metro y medio originario de la ranchería de La Tuna, en Badiraguato, Sinaloa.
Durante treinta y ocho audiencias que se extenderían a lo largo de varios meses, el sistema judicial estadounidense desvelaría tanto los detalles de un imperio de tráfico de drogas que movió miles de millones de dólares, como las diferencias fundamentales entre la justicia de Estados Unidos y la de México. Mientras los fiscales presentan pruebas de un imperio que abarcó túneles subterráneos, aeroplanos, camiones de carga y redes de corrupción en los más altos niveles del gobierno mexicano, la defensa expone cómo las agencias federales estadounidenses han operado, en complicidad deliberada con gobiernos latinoamericanos, permitiendo el funcionamiento de grandes narcotraficantes durante décadas.
Esta crónica, construida a partir de los apuntes del reportero durante las audiencias en la sala del juez Cogan, no pretende dramatizar sino documentar: los testimonios de narcotraficantes que traicionan a su antiguo jefe para salvarse a sí mismos, los videos de crímenes brutales, las grabaciones de llamadas telefónicas interceptadas, y las tensiones de un proceso que en cada momento parece extraído de una película. Es, fundamentalmente, un relato sobre la presunción de inocencia y el derecho a la defensa, derechos que incluso el criminal más buscado del mundo ejerció plenamente en el sistema estadounidense.
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