Siôn, de catorce años, está sentado en el tejado de un cobertizo viendo las torres del castillo de Caernarfon cuando decide que es el momento de contar su historia.
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Siôn, de catorce años, está sentado en el tejado de un cobertizo viendo las torres del castillo de Caernarfon cuando decide que es el momento de contar su historia. Mamá ha dejado de enseñarle a cambio de que escriba una hora diaria en un cuaderno que encontró en Nebo, el Libro Azul. Con su hermana pequeña Dwynwen y su madre, sobrevive en una casa aislada después del Fin, hace ocho años, cuando una catástrofe cambió el mundo. Ahora cazan conejos, cultivan lo que pueden y exploran casas abandonadas en busca de lo indispensable. Pero también leen, escriben y recuerdan. Juntos, madre e hijo, deciden compartir las páginas: ella contará cómo fue el Fin; él escribirá sobre la vida ahora.
Cuando el Fin llegó hace ocho años, Rowenna supo exactamente qué hacer. Estaba en la peluquería cortándole el pelo a una anciana cuando escuchó en la radio que habían arrojado bombas en ciudades estadounidenses. Sin perder tiempo, alquiló una furgoneta, fue a Bangor y lo compró todo: arroz por sacos, semillas, herramientas, hasta dos manzanos en primavera. Imprimió guías sobre trampas para conejos, plantas silvestres comestibles, purificación de agua. Volvió a casa, descargó sus provisiones en el garaje, y esperó. Apenas un par de días después, la electricidad se fue para no volver.
Ahora, ocho años más tarde, Siôn —quien tenía apenas seis años cuando el mundo cambió— está casi adolescente. Vive en una casa aislada en Nebo, Gales, con su madre y su hermana pequeña Dwynwen. No va a la escuela. Mamá le enseña a leer con libros de casas abandonadas. Pero ya no tiene más matemáticas que enseñarle y se está quedando sin tinta. Así que le propone un acuerdo: si escribe una hora cada día en un cuaderno, lo dejará en paz.
Siôn encuentra ese cuaderno en Sunningdale, una casa cercana ya abandonada. La portada es azul marino casi negro, y decide llamarlo el Libro Azul de Nebo, como los antiguos libros galeses de otro tiempo. Madre e hijo llegan a un acuerdo: compartirán las páginas. Ella escribirá sobre los viejos tiempos, sobre el Fin y los días posteriores. Él escribirá sobre el presente, sobre cómo es vivir ahora. Se prometen nunca leer lo que el otro escribe, excepto si algo les sucede a ambos.
Las páginas que siguen son un testimonio íntimo de la supervivencia, una conversación silenciosa entre dos vidas que luchan no solo por mantenerse vivas, sino por permanecer humanas. Siôn observa el mundo desde el tejado del cobertizo, leyendo el horizonte hacia la isla de Môn. Rowenna recuerda un mundo desaparecido: peluquerías, chocolatinas de marca, la manera en que la gente compraba simplemente porque estaban ahí. Juntos cazan conejos, arreglan goteras, cultivan verduras, y en noches claras suben al tejado para mirar las estrellas. Son historias de frío, hambre, trabajo constante, pero también de libros salvados, cumpleaños compartidos, y la lenta construcción de un mundo que tiene sentido aunque carezca de todo.
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