Mainz, 1455. Mientras un tribunal eclesiástico juzga a los creadores de libros falsificados, incluyendo a Johannes Gutenberg, la ciudad tiembla por un asesino que elige sus víctimas entre las mujeres del Monasterio de la Sagrada Canasta.
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Mainz, 1455. Mientras un tribunal eclesiástico juzga a los creadores de libros falsificados, incluyendo a Johannes Gutenberg, la ciudad tiembla por un asesino que elige sus víctimas entre las mujeres del Monasterio de la Sagrada Canasta. Los crímenes siguen una precisión inquietante: asfixia y desollamiento metódico. Entre las autoridades que miran hacia otro lado y el pánico de los habitantes, Ulva, la regenta del burdel, se jura venganza. La trama entrelaza la falsificación de libros, la inquisición y un crimen que parece carecer de móvil en la Mainz medieval.
Mainz, 1455. Las seis torres de la basílica de San Martín se alzan sobre la ciudad envuelta en niebla. En las calles adyacentes opera el Monasterio de la Sagrada Canasta, un prostíbulo refinado de fachada sobria que oculta los placeres más sofisticados del Imperio. Sus adoratrices ejercen durante años bajo cierto amparo de la ley, hasta que irrumpen asesinatos metódicos y ensañados.
La tercera víctima es Zelda, prostituta de belleza madura. Una noche de densa bruma, mientras se prepara para dormir, descubre demasiado tarde que alguien acecha en su cuarto. El atacante, envuelto en tela negra, sofoca su grito con un trapo mojado antes de proceder con precisión quirúrgica: primero la asfixia, después el desollamiento minucioso de su piel, extraída como si fuera una prenda. El crimen carece de objetivo aparente más allá del acto mismo.
Paralelamente, en la catedral, comienza un juicio. Tres hombres comparecen acusados de falsificación de libros: Johann Fust, Petrus Schöffer y Johannes Gutenberg. Su talento ha producido réplicas tan perfectas que amenazan los fundamentos de la autoridad eclesiástica. El tribunal, desconfiado desde que una mujer se hizo pasar por Papa, somete a los acusados a inspecciones humillantes. La revelación de que dos son judíos no augura nada bueno.
Mientras el terror se propaga y las calles quedan desiertas, emergen conexiones ocultas. Los crímenes sucesivos guardan su propia lógica: cada víctima es ligeramente menor que la anterior. Las autoridades muestran una desidia que habla de complicidad. Ulva, la decana del burdel, poseedora de autoridad materna, mística y mundana simultáneamente, se jura venganza. Debe descubrir quién ejecuta estos crímenes mientras la ciudad cede ante el pánico.
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