Jeremiah Rosemont llega a Managua después de semanas trabajando en las cosechas de café de América Central. En la Casa Evangelista, un albergue para mochileros, busca un limbo entre su antiguo yo estadounidense y una vida de pobreza…
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Jeremiah Rosemont llega a Managua después de semanas trabajando en las cosechas de café de América Central. En la Casa Evangelista, un albergue para mochileros, busca un limbo entre su antiguo yo estadounidense y una vida de pobreza voluntaria. Aurelio, un sacerdote anglicano radical, ofrece el primer contacto humano en meses. Pero la madrugada siguiente, un desconocido perseguido llega a los barrotes de hierro: existe una carta dirigida al nombre exacto de Rosemont en su habitación exacta. El pasado que creía abandonado sigue buscándolo en la oscuridad nicaragüense.
La madrugada llega con el estrépito de los gallos de Managua. Jeremiah Rosemont despierta en su segunda noche en la Casa Evangelista, hospedado en una habitación decorada con el retrato de Carlos Fonseca. Es un estadounidense que ha huido deliberadamente de su existencia anterior: historiador de arte interino, poseedor de un título académico y de una familia acaudalada que esperaba de él una carrera respetable. Hace seis meses simplemente se fue. Cruzó México, descendió por Guatemala y Honduras siguiendo a trabajadores cafeteros, y llegó a la frontera nicaragüense donde vendió su estatus a cambio de sustento.
Rosemont ha pasado semanas recogiendo café en las montañas del noroeste, trabajando bajo el sol inclemente, compartiendo remolques con desconocidos, invisible en la pobreza real. Ahora ha descendido a Managua buscando un lugar donde ocultarse y recuperarse.
La Casa Evangelista es un albergue modesto en un barrio peligroso, punto de encuentro de mochileros, voluntarios religiosos y aventureros. Sus paredes resguardan a australianos que alternan discusiones apasionadas con reconciliaciones furtivas, estudiantes europeos que beben y flirtean, un cocinero que sueña con fundar una ciudad nueva dentro de sus muros. Rosemont se integra con la destreza de quien ha aprendido a desaparecer, a servir de puente entre idiomas y culturas.
Pero lo que lo detiene es Aurelio, el hombre de mediana edad que dirige el albergue y la capilla improvisada donde ofrece servicios religiosos cada domingo. Aurelio es un clérigo anglicano que será expulsado por la Iglesia. Durante su sermón sobre San Pedro y San Pablo, sobre muertes anónimas en los confines del imperio, surge una conexión. Comienza en la capilla y evoluciona en noches donde los cuerpos se rozan con precaución, sabiendo que en esa cultura ciertos gestos conllevan peligro. Para Rosemont, que lleva meses sin tocar a otro ser humano, Aurelio representa un nido temporal, una ilusión de pertenencia.
La madrugada siguiente, mientras Rosemont descansa en el atrio bajo la brisa oceánica, llega un hombre perseguido a los barrotes de la puerta. Frenético, sucio, vistiendo restos de elegancia, implora refugio. El vigilante lo rechaza: después de medianoche solo entran los huéspedes registrados. El desconocido permanece aferrado a los barrotes y repara en Rosemont en las sombras.
—Tengo un mensaje para usted—dice en inglés.
Extrae un sobre blanco e inmaculado. En él: «Jeremiah Rosemont, Casa Evangelista, habitación Fonseca, Managua, Nicaragua». La carta es imposible. Nadie sabía que vendría a Nicaragua, que estaría aquí, en esta casa exacta, en esta habitación exacta. El pasado que Rosemont creía haber abandonado irreversiblemente no lo ha soltado. Alguien sigue su rastro. En la madrugada, entre los barrotes de hierro, vuelve a llamar.
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