A las cinco de la madrugada, cuando los murciélagos regresan a su guarida, ella despierta aterrada. Durante años vive consumida por el terror a estos animales que se cuelan entre las maderas del techo.
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A las cinco de la madrugada, cuando los murciélagos regresan a su guarida, ella despierta aterrada. Durante años vive consumida por el terror a estos animales que se cuelan entre las maderas del techo. Esta madrugada decide actuar: se corta todo el cabello, se afeita la cabeza. La navaja resbala, hiriéndola. Convencida de haber atrapado un murciélago vivo, con la mano sangrando, busca desesperadamente al médico. Lo que sigue revela grietas profundas en su psicología, donde los miedos personales se entrelazan con amenazas políticas en un contexto histórico denso.
Un amanecer estival marca el quiebre de una mujer cuya existencia ha estado gobernada por el terror a los murciélagos. Durante años, cuando estos animales regresan antes del alba a sus guaridas en los entrepisos de su casa, ella experimenta un pánico primitivo: imagina sus cuerpos deshuesados atravesando las sábanas, sus alas enredándose en su cabello, sus dientes mordiéndola. Ha recreado esta escena de horror casi cada madrugada, en un ciclo de anticipación y miedo que la consume.
Esta mañana decide actuar. En la oscuridad previa al amanecer, rellena meticulosamente los huecos del techo con algodones perfumados. Luego se enfrenta a sí misma en el espejo. Con tijeras de costura se corta todo el cabello; con navaja y espuma de afeitar se afeita la cabeza completamente. Durante este acto de violencia silenciosa contra sí misma, la navaja resbala, hiriéndola. En el pánico que sigue, convencida de haber capturado un murciélago vivo, ella cierra el puño. Siente al animal mordiéndola desde adentro, sus dientes atravesando la carne.
Con la mano ensangrentada cerrada en un puño, abandona su casa y busca al doctor Amstelheim. Lo que se desarrolla en su consultorio es un encuentro cargado de tensiones silenciosas: una mujer desesperada con la cabeza herida, un médico que apenas se atreve a hablar, su esposa controlando cada gesto y palabra. A través de diálogos entrecortados emergen otras angustias: preguntas sobre Annette, una niña cuya presencia resuena en las sombras de la casa, y la inquietud de una vigilancia constante desde la calle.
Situada en un contexto histórico denso, esta novela teje los miedos personales con amenazas políticas más amplias. La narración oscila entre escenas de angustia doméstica e introspección profunda, donde una mente fragmentada distingue apenas entre realidad y proyección, entre amenaza concreta y metáfora psíquica. Los murciélagos funcionan simultáneamente como enemigos tangibles y símbolos de fuerzas incontrolables, de invasiones que no pueden ser detenidas.