Una especialista en historia medieval es convocada a Londres en cuestión de horas para traducir antiguos documentos familiares de un noble inglés.
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Una especialista en historia medieval es convocada a Londres en cuestión de horas para traducir antiguos documentos familiares de un noble inglés. Elizabeth Butler descubrirá que su nuevo empleador es un hombre de extraordinaria presencia cuya mirada despierta en ella un extraño reconocimiento, como si evocara encuentros de un pasado que no es suyo. Entre pergaminos centenarios y una prohibida proximidad, la traducción de antiguos manuscritos revelará conexiones familiares olvidadas que entrelazan el misterio medieval con un presente apasionante.
Elizabeth Butler despierta en Nueva York al son de Madonna, aún atrapada en el recuerdo de una visión vívida: una justa medieval, un caballero de ojos azules que la observa desde su montura mientras el sol brilla en su yelmo. Pero la realidad la arrastra hacia el presente: debe llegar a tiempo a una reunión en la Universidad donde trabaja su amigo el profesor Sanders.
Horas después, descubrirá que la llamada que cambiaría su vida ha llegado en forma de lord Forterque-Hamilton, un noble inglés que ha leído su tesis doctoral aún no defendida y la ha elegido para una tarea única: traducir y autentificar antiguos pergaminos del siglo XV descubiertos en su castillo familiar. Sin tiempo para cuestionamientos, sin oportunidad de preparación, Elizabeth debe partir para Londres en un avión privado.
Cuando Forterque entra al despacho, todo cambia. Es más alto de lo que ella imaginaba, viste un abrigo impecable, posee una elegancia natural que seduce inmediatamente, y sus ojos azul celeste la miran con una intensidad que la atraviesa. Él revela que es descendiente de lady Marian Lancaster, una antepasada cuya historia Elizabeth nunca supo que llevaba en la sangre. Su linaje, que creía pertenecer únicamente a Pennsylvania y Madrid, aparentemente guarda conexiones históricas que ella está a punto de desvelar.
En el castillo Forterque, mientras traduce manuscritos centenarios, Elizabeth comienza a sentir que la historia que estudia no es ajena. Los nombres, las fechas, las familias, parecen resonar dentro de ella. Forterque, distante y profesional por designio, observa su trabajo con una intensidad apenas contenida. Una prohibición tácita existe entre ellos: mantener distancia, porque Elizabeth es una Lancaster, porque la historia familiar es complicada, porque las emociones no tienen cabida en el académico proyecto.
Pero el reconocimiento entre ellos persiste. Los ojos azules que ella vio en su sueño, la seguridad en sus gestos, la forma en que la observa cuando cree que no lo ve. Todo sugiere una conexión que trasciende el presente. Conforme Elizabeth avanza en su investigación de documentos históricos y descubre los secretos que guarda el medallón de los Lancaster, comenzará a preguntarse si lo que siente es atracción de ahora, o memoria de un encuentro que nunca vivió.
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