Un anciano desterrado escribe a la luz de una candela, con lágrimas en los ojos por el cansancio que la luz procura a su vista. A los setenta y cinco años, Moisés el español se dirige a su antiguo alumno desde Fostat para confesar los…
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Un anciano desterrado escribe a la luz de una candela, con lágrimas en los ojos por el cansancio que la luz procura a su vista. A los setenta y cinco años, Moisés el español se dirige a su antiguo alumno desde Fostat para confesar los pensamientos oscuros que nunca permitió que circularan en sus escritos. Mientras la muerte se cierne y revisa una vida dedicada a la búsqueda de la verdad, descubre que aquello que creyó amasar como oro no fue sino arena.
Un anciano desterrado se sienta a escribir en Fostat cuando la noche cubre la ciudad. A la luz de una candela que lo fatiga, Moisés el español, a los setenta y cinco años, comienza una carta a quien fuera su alumno años atrás. No una misiva de consejero sabio, sino una confesión: los pensamientos oscuros que jamás permitió que circularan en las decenas de cartas y libros que lo han precedido desde Bagdad hasta las orillas del Rin.
Su vida entera ha estado consumida por una única pasión: buscar la verdad. No como objeto desaparecido e imposible de encontrar, sino como un estado alcanzable mediante perseverancia, paciencia y humildad. Ha leído mucho, meditado mucho, escrito mucho. Esos fueron sus mayores goces. Pero ahora, en la vejez, cuando la muerte se cierne, percibe el fracaso profundo: creyó amasar y distribuir oro, mas era arena. Pretendió domeñar su orgullo y le dio rienda suelta. Anheló rehacer la vida, y la suya se acaba.
La narración entrelaza tres tiempos. Primero está aquel alumno que llegó de Provenza: un joven cristiano cuya curiosidad por las ciencias naturales, cuyo dominio de lenguas clásicas y cuya agudeza filosófica lo hizo ocupar un lugar especial en su estima. Durante tres años caminaron juntos por geometría, lógica, astronomía, medicina e iniciaciones proféticas. Moisés concibió un proyecto para su futuro: verlo obispo, tal vez papa, portador de una nueva cultura a tierras pobres de inteligencias bien formadas. Era una empresa política en el fondo: demostrar que solo el conocimiento puede hacer mejores a los hombres.
Pero la historia intervino. Mientras Siria avanzaba hacia Egipto y el califato de Bagdad se abatía sobre Alejandría, ambos se consagraron a aliviar la miseria. El joven, infinitamente más vulnerable ante el horror, se fue transformando. Su jovialidad natural se veló. Moisés temió que fuera irremediable. Una mañana desapareció con el hato al hombro, harto de aquella vida poblada de monstruos, de desesperanza estéril. Moisés no lo retuvo. ¿Qué palabra de peso hubiera podido decir? El muchacho no pertenecía a su pueblo, que jamás permite que se extinga la esperanza, aun en la oscuridad más profunda.
En paralelo emerge Córdoba. Su ciudad natal, que amó y odió con un mismo ánimo. En ella vivió la gracia de la infancia: el aire, el agua, la luz dorada del cielo, la dulzura de la sombra. Su ciudad que sus antepasados de la primera dispersión babilónica inventaron junto a un río. Pero Córdoba ya no existe. Los fanáticos extirparon su gracia y la gracia no renace de las cenizas. Solo quedan calles y casas, mientras el recuerdo queda incapaz de describir lo vivido.
El texto es carta de despedida y examen de conciencia en el atardecer de la vejez. Moisés reconoce que ha pagado al contado por su presencia en el mundo, sin protestar. Fue una labor deliberada comenzada en plena lucidez. Pero mientras intenta poner orden en el desorden mediante la palabra, percibe que la vida misma es una sucesión de llenos y vacíos. Busca, antes de partir, la fidelidad a su memoria.
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