Una investigación que traza la historia continua de las representaciones de la diosa madre desde el Paleolítico hasta nuestros días, explorando cómo la pérdida del principio femenino en el relato occidental ha marcado profundamente nuestra…
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Una investigación que traza la historia continua de las representaciones de la diosa madre desde el Paleolítico hasta nuestros días, explorando cómo la pérdida del principio femenino en el relato occidental ha marcado profundamente nuestra relación con la naturaleza, la vida y nosotros mismos. La obra desvela los vínculos ocultos entre mitología antigua y descubrimientos científicos modernos, proponiendo que la restauración del equilibrio entre lo femenino y lo masculino es urgente para nuestra supervivencia cultural y ecológica.
En una roca de la Dordoña francesa, hace más de veinte mil años, una mano grabó la figura de una mujer: la diosa de Laussel, pequeña, de apenas cuarenta centímetros de altura, sostiene un cuerno de bisonte en su mano. Desde esa imagen primordial hasta las representaciones contemporáneas de la Virgen María, esta obra traza un hilo rojo que corre a través de milenios de culturas dispares, vinculadas por una comprensión común: la visión de la vida como un todo orgánico, sagrado y vivo.
Las autoras emprenden un viaje arqueológico y mitológico que examina cómo la diosa madre —encarnación del universo como red cósmica donde todo participa de una santidad común— fue gradualmente destronada en la historia occidental. A partir de la mitología babilónica hace cuatro mil años, emerge una nueva polaridad: el dios masculino que ordena la naturaleza caótica desde fuera, en lugar de estar vivo en ella. Esta escisión fundamental instaló en nuestra cultura una división profunda entre lo espiritual y lo físico, entre razón e intuición, entre hombre y naturaleza.
El libro explora cómo esta desaparición del principio femenino no fue nunca total sino subterránea: persiste oculta en las doctrinas judeocristianas, renace en imágenes de Sofía y la Shekiná, se filtra incluso en las figuras femeninas que la tradición oficial minimiza. Paralelamente, documenta cómo la física moderna —Einstein, Heisenberg— redescubre lo que la antigua mitología de la diosa ya expresaba: que el universo es un todo indivisible donde el observador participa necesariamente en lo observado, una red de relaciones donde toda forma de vida está viva de manera dinámica.
Las autoras proponen que la recuperación del mito de la diosa en la conciencia contemporánea no es arqueología nostálgica, sino necesidad urgente. La devastación ecológica, la desacralización de la tierra, la explotación de la naturaleza como recurso: todos estos síntomas apuntan a una enfermedad cultural cuya raíz radica precisamente en la pérdida de esa visión integradora. Restaurar el equilibrio entre los principios femenino y masculino requiere más que gesto simbólico; requiere transformar la forma misma en que pensamos, experimentamos y habitamos el mundo.
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