En el epitafio de Pericles parafraseado por Tucídides nacen las palabras que conforman el mito de Atenas: «nuestra ciudad en su conjunto constituye la escuela de Grecia».
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En el epitafio de Pericles parafraseado por Tucídides nacen las palabras que conforman el mito de Atenas: «nuestra ciudad en su conjunto constituye la escuela de Grecia». Pero detrás de esas frases con pretensión de eternidad se esconde una complejidad incómoda que los modernos rara vez reconocen. El propio Tucídides sabía que imitaba un discurso de ocasión, cargado de falsedades patrióticas, y deliberadamente confrontaba la Atenas imaginaria de la oratoria con la verdadera Atenas. Esa contradicción fundamental entre el mito y la realidad histórica es lo que este libro examina: cómo se forjó una imagen de Atenas que ha perdurado a través de los siglos, a pesar de sus limitaciones y distorsiones.
En el epitafio de Pericles parafraseado por Tucídides nacen las palabras que configuran el mito de Atenas. Tucídides sabía que reproducía un discurso de ocasión, cargado de falsedades patrióticas inherentes a ese género de oratoria. Sin embargo, con intención deliberada, confrontaba la Atenas imaginaria de la retórica períclea con la verdadera Atenas de su tiempo.
Desde ese momento inicial, el mito comenzó a vivir una vida propia. Platón fue el primero en comprender cabalmente el carácter mistificador de ese discurso. En el Menéxeno, parodió ferozmente el epitafio de Pericles inventando uno atribuido a Aspasia, la compañera de Pericles perseguida por la mojigataría ateniense. La ironía resulta punzante cuando se considera que el Pericles de Tucídides exalta la dedicación del ciudadano medio a la filosofía, mientras que en la realidad histórica Anaxágoras fue perseguido por ateísmo, Fidias encarcelado, y Aspasia acusada. Isócrates defendió el imperio y parafraseó el epitafio al pie de la letra. Critias escribió un diálogo que invertía cada punto cardinal del discurso perícleo, mostrando la democracia ateniense como violencia de clase y mal gobierno.
Sin embargo, el mito de Atenas terminó por imponerse. A través de la mediación de las bibliotecarias de Alejandría y la cultura romana, que neutralizó la política peligrosa de Atenas y enfatizó su rol cultural universal, la imagen de la ciudad-escuela se consolidó. Las escuelas de retórica del imperio volvían constantemente a contar la historia de Atenas. Plutarco, escribiendo en tiempos de Nerva y Trajano, conocía bien la literatura demoledora que cuestionaba este mito, pero eligió trabajar dentro de él.
La paradoja fundamental reside en que esa grandeza descrita por el Pericles tucidídeo era obra de las clases altas, precisamente a quienes el pueblo ateniense, cuando le resultaba posible, derrocaba y perseguía. La verdadera élite gobernante fue aquella dispuesta a aceptar el desafío de la democracia: la convivencia conflictiva con el control atento y frecuentemente oscurantista del poder popular. Este libro examina esa complejidad: cómo se forjó un mito que perduró a través de los siglos, cómo fue cuestionado ya en la Antigüedad, y cómo terminó por consolidarse.
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