Lula tiene 29 años y narra su vida en un mundo arrasado por la guerra nuclear de 2070. Sobrevive en una comunidad de fugitivos refugiados en una fábrica abandonada en lo que fue España, ahora un desierto.
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Lula tiene 29 años y narra su vida en un mundo arrasado por la guerra nuclear de 2070. Sobrevive en una comunidad de fugitivos refugiados en una fábrica abandonada en lo que fue España, ahora un desierto. Un día, una pequeña acción de piedad con un niño hambriento la lleva a romper las reglas que le permitían mantenerse viva: la dureza absoluta y la soledad. En este momento comprende que la humanidad aún persiste, incluso bajo las cicatrices de la catástrofe.
En una plaza de lo que fue España, al mediodía, una mujer llena su jarra de agua mientras un niño descalzo espera a los lados, hambriento. Este es el momento en que Lula deja entrar la compasión que ha tratado de extirparse para sobrevivir. Lula tiene 29 años y sobrevive en el mundo que quedó después de la Tercera Guerra Mundial de 2070. La Tierra está seca, desestructurada, conquistada. Asia ganó la escalada nuclear y los antiguos poderes occidentales colapsaron. Lo que fue España es ahora un desierto donde apenas quedan territorios habitables. Los ríos desaparecieron. El agua se convirtió en el bien más preciado y, con él, en el centro de toda violencia. Lula vive en una fábrica abandonada con otros sobrevivientes que forman una comunidad sin vínculos reales. Se llaman a sí mismos los desarrapados. Se necesitan los unos a los otros no por afecto, sino por supervivencia. Cada noche salen mercenarios a buscar presas que les proporcionen agua o comida. La vida después del atardecer es peligrosa. Durante el día, Lula hace la cola en la plaza de los barrios ricos para llenar su garrafa en la fuente que se abre dos horas al mediodía. Cuando ve al niño, sus defensas ceden un instante. Le da agua de su propia provisión, reduciendo lo que ha tardado horas en conseguir. Horas después descubre que la está siguiendo. En ese momento entiende que ha abierto una grieta en la muralla que construyó para sobrevivir. Mantener a alguien cerca sería demasiado costoso, demasiado peligroso. Pero la humanidad que heredó de su madre, una mujer que predicaba que la ternura salvaría el mundo, no la abandona completamente. El cuaderno de Lula se despliega como testimonio de una vida fracturada entre dos necesidades irreconciliables: la de ser fuerte para no morir, y la de ser humana para no perder la razón.
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