Cuando escucha en la sala una conversación que la transforma, Camila comprende que no es quien creía. Ha vivido en La Habana colonial rodeada de lujos como una hija, ignorante de ser mulata esclava.
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Cuando escucha en la sala una conversación que la transforma, Camila comprende que no es quien creía. Ha vivido en La Habana colonial rodeada de lujos como una hija, ignorante de ser mulata esclava. Francisco, esclavo de nación y calesero, siempre la observó con recelo. Ahora ella lo busca como refugio. Pero Carlos, el hijo del amo, también la desea, transformando ese anhelo en furia cuando es rechazado. Desde la ciudad colonial hasta el ingenio azucarero, su conflicto inevitable arrastra a los tres hacia la muerte y la demencia.
La novela se desarrolla en La Habana del siglo diecinueve, en el seno de una casa donde la esclavitud opera casi invisible bajo los detalles de la civilización. Camila es una joven mulata de diecisiete años, hermosa, criada entre los lujos de la familia Ramírez de Orellana. Doña Josefa, su ama, la ha tenido cerca como un objeto de refinamiento, no como esclava. Camila ha llegado a olvidarse de lo que realmente es. En esa misma casa trabaja Francisco, un esclavo traído desde África, altivo y grave, que maneja los carruajes. Desde el principio lo repela aquella mulata que intentaba pasar por blanca, pues su dignidad rechazaba lo que ella representaba. Carlos, hijo del amo, vive en una habitación suntuosa. Es un joven refinado, pero carente del pudor moral que debería acompañar su educación. La belleza de Camila lo fascina con deliberada intención de posesión. El quiebre llega cuando otras mujeres de la casa, en una conversación que Camila escucha, revelan la verdad: la diferencia de razas es un obstáculo insalvable. Rechazada por quienes creía sus iguales, busca entonces a Francisco. En él encuentra una altivez que la esclavitud no ha logrado quebrar, una integridad moral que contrasta violentamente con la inmoralidad del amo. Gradualmente, Camila se transforma: reconoce su verdadera estirpe y se avergüenza de haber intentado negarla. Pero el deseo de Carlos por Camila persiste. Se cruza en su camino Lucy, una actriz yanqui cuya belleza rubia ofrece un contraste dramático con la oscuridad de Camila. Cuando Carlos es rechazado nuevamente y burlado además por un amigo de su clase, su frustración se convierte en destructividad. Decide que Camila debe morir antes que verse con Francisco. La acción se traslada entonces al campo, a un ingenio azucarero donde la esclavitud abandona todo artificio. Francisco y Camila son vendidos a ese lugar de horror. Bajo el poder de un mayoral despiadado, la realidad cruel de la institución se despliega sin miramientos. Camila, frágil y sensible, cae gradualmente en la demencia. Francisco, después de desafiar una muerte terrible defendiendo su dignidad, muere también. Todo lo que era belleza, altivez e integridad es aplastado bajo el sistema que corrompe a opresores y oprimidos por igual. Solo en el epílogo se produce un quiebre inesperado. Carlos, años después, escribe a su amigo Enrique Delmonte desde tierra lejana. Le confiesa que ha ido a combatir con los ejércitos federales yanquis, esperanzado en que vencerán y lograrán la abolición de la esclavitud. En esa redención tardía, reconoce al fin la enormidad de su crimen, aunque no pueda ya repararlo.
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