En 1890, Argentina vive una transformación radical. La especulación desenfrenada, alimentada por la inmigración masiva y el fervor por el progreso, sacude la República.
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En 1890, Argentina vive una transformación radical. La especulación desenfrenada, alimentada por la inmigración masiva y el fervor por el progreso, sacude la República. Desde la Bolsa de Comercio hasta los barrios aristocráticos, la fiebre de enriquecimiento rápido reemplaza los valores coloniales. Un análisis de cómo la riqueza fugaz alteró la moral social, la política y el destino de una nación en ebullición, bajo la presidencia de Miguel Juárez Celman.
Un testigo contemporáneo observa Argentina en 1890, en el apogeo de su fiebre especulativa. La República, que apenas treinta años atrás era una confederación de provincias, se ha convertido en un imán para el capital europeo y la inmigración masiva. Trescientos mil nuevos pobladores arriban en un solo año, duplicando la afluencia de 1888. La tierra que hace poco albergaba víctimas de la conquista militar ahora atrae especuladores de todo el mundo.
En la Bolsa de Comercio se mueven transacciones mensuales de mil quinientos millones de pesos. Los títulos se multiplican sin control: ferrocarriles, bancos, puertos, avenidas. La tierra sube de valor a saltos insólitos. Lo que costaba cien pesos el mes anterior se vende por trescientos al siguiente. Pero bajo la magnificencia corre un cable conductor: el juego. La mayoría de transacciones no son negocios reales sino especulación pura. Los hábitos pausados y solemnes de la antigua Buenos Aires se disuelven en el vértigo. La austeridad es vista como hipocresía; la modestia, como disimulo.
Los funcionarios públicos participan de las ganancias mediante concesiones que crearán riqueza futura. Es la hora de la coima, una corrupción sin el delito burdo, justificada por la promesa de progreso. Treinta concesiones de ferrocarriles se sancionan en los últimos meses de 1889, muchas sin ser estudiadas siquiera.
Presidiendo esta baraúnda está Miguel Juárez Celman, un cordobés de menos de cuarenta años que gobierna desde 1886. Hombre gentil y desaprensivo, leal en la amistad pero incapaz de simular. Liberal en criterio pero prisionero de su círculo íntimo. Elige ministros eminentes pero estimula las impaciencias de jóvenes talentosos cuyas ambiciones desafían toda prudencia.
La obra examina cómo una nación pierde de vista los fundamentos que la sostienen. Es un retrato de la ilusión de la riqueza sin el trabajo que la respalda, de la moral alterada por el dinero repentino, de un gobierno que estimula lo que debería contener.