En una noche lluviosa de otoño de 2014, el autor descubre las tumbas de Isaac Carasso y su madre en el cementerio judío de Bayona. Así comienza la reconstrucción de aquella vida: la de un empresario que transformó los hábitos alimenticios…
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En una noche lluviosa de otoño de 2014, el autor descubre las tumbas de Isaac Carasso y su madre en el cementerio judío de Bayona. Así comienza la reconstrucción de aquella vida: la de un empresario que transformó los hábitos alimenticios del mundo desde Barcelona, que sobrevivió a seis guerras. La novela retrocede a Salónica, a principios del siglo XX, donde Isaac cuenta historias a su hijo Danón sobre bacterias milagrosas, eternidad y dioses tracios. Una novela sobre el miedo en el corazón del judío sefardí y cómo algunos se rehusan a sucumbir ante la tragedia.
La aventura comienza en un cementerio desolado. Una noche de otoño de 2014, el autor descubre las tumbas de Isaac Carasso Nehama y su madre Estrella en el recinto judío de Bayona, vallado como un campo de concentración. Este hallazgo impulsa la reconstrucción de una vida casi extinguida de la memoria: la de Isaac Carasso, el empresario que desde el tercer piso de una casa en Barcelona transformó los hábitos alimenticios del mundo entero. La novela retrocede a Salónica, a la primera década del siglo XX, en el corazón del Imperio otomano. Allí, en la calle Ancha, Isaac sube cada noche a la habitación de su hijo pequeño Danón para contarle historias sobre guerreros invisibles que luchan contra la muerte, sobre dioses que vierten su sangre en la tierra para alimentar flores. Son narraciones sobre la eternidad, sobre transformaciones extraordinarias: la del pastor cuyo rebaño se metamorfosea mediante un bacilo singular en un elixir de inmunidad. En paralelo, a miles de kilómetros de distancia, el Instituto Pasteur de París investiga ese mismo agente: el Lactobacillus bulgaricus, identificado por Ilya Metchnikoff, también judío, futuro Premio Nobel de Medicina. Isaac transita entre dos temporalidades: un mundo que se desmorona y un futuro que intenta edificar. Domina varios idiomas, ha recorrido la vastedad del Imperio austrohúngaro, visitó París y Berlín. Posee la mirada del empresario destinado a transformar el planeta. Pero hereda de su linaje aquello que define a su pueblo: el miedo. El miedo de quien fue arrancado de Sefarad en 1492, la angustia perpetua de saber que será perseguido mientras respire. La novela no es una crónica histórica lineal, sino una inmersión en los años más oscuros y desconocidos de los Carasso: la primera mitad del siglo XX, época de barbarie absoluta. Salónica será teatro de tragedias sin precedentes. Millones perecerán en guerras apenas iniciadas. Los Carasso, como el olivo andaluz que crece en el jardín de su casa, poseerán la extraña fortaleza de quienes más sufren. Su resistencia ante la desventura configura el temple épico de esta historia: no son actos heroicos lo que la define, sino la tenacidad de quienes se rehusan a sucumbir. El relato cierra una circularidad perfecta: desde el sepulcro de Bayona donde Isaac reposa junto a su madre, hasta las noches salonicenses donde contaba historias de eternidad a su hijo. La vida de los Carasso se condensa en un peregrinaje que inició en España en 1492 y perdura en el corazón de la memoria como nostalgia. Una nostalgia que, como la llama del olivo que no ardió, permanece inextinguible.
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