Gastón sigue una pista de hormigas por las calles de la ciudad, gateando entre alcantarillas y galerías de arte, sin destino aparente. Cuando cree haber encontrado el hormiguero bajo un banco de plaza carcomida, descubre algo más: la…
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Gastón sigue una pista de hormigas por las calles de la ciudad, gateando entre alcantarillas y galerías de arte, sin destino aparente. Cuando cree haber encontrado el hormiguero bajo un banco de plaza carcomida, descubre algo más: la mirada de Valeria, una mujer rubia de ojos azules que trabaja en asuntos sociales. Entre este encuentro y la supervivencia de un vagabundo entre perros desnutridos, se teje una historia donde la magia de una mirada puede ser tanto promesa como perdición.
Gastón camina gateando tras una pista de hormigas, atravesando las capas de la ciudad como quien busca revelar un secreto guardado en sus entresijos. Lo reciben con desprecio en alcantarillas donde viven otros vagabundos. Irrumpe involuntariamente en una galería de arte minimalista, perseguido aún por sus hormigas, indiferente al escándalo de las damas que lo ven babeando sobre las baldosas. Sube por fachadas herrumbradas, casi se tira de un techo de cinc huyendo de la multitud que lo cree en crisis suicida, pero tan solo continúa su búsqueda obsesiva en un lote baldío, hasta hallar bajo un banco de plaza el hormiguero anhelado. Allí, en ese banco, se duerme. Y cuando despierta, Valeria lo mira. Ella es rubia, de ojos azules, trabajadora social, criada en un pueblo donde protegía flores del viento y grillos de los pisotones, ahora vive en la ciudad y lucha contra su propia palidez gris. Su mirada lo desnuda. Se hablan brevemente de esculturas, de arte, de reflejos. Luego ella se va, y Gastón permanece sentado. Semanas pasan. Débil por hambruna, se desploma. Los perros de la plaza lo rescatan. Famélicos y sarnicosos, reconocen en su cuerpo los signos de desnutrición que ellos conocen bien. Lo cuidan, lo lamen, lo rodean en un velatorio de quien aún respira. Uno de ellos desentierra un hueso; otro lo retira cuando Gastón casi se ahoga. Un pequeño cuzco le ofrece un mendrugo hallado en la basura. Con los días, Gastón traga. Luego, camina. La novela teje una red donde lo mágico no es épico sino íntimo: el encuentro de dos miradas que se reconocen, la dignidad de los perros frente a la miseria, la comunión silenciosa entre quien no ve y quien olvida, y la persistencia de quien sigue hormigas sin saber por qué.
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