Gabriel desciende por la cordillera peruana junto a una columna cargada de oro, tras meses de búsqueda por encargo del conquistador Pizarro. Entre los acantilados y el rugido del río, el joven español atraviesa un puente de cuerdas incas…
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Gabriel desciende por la cordillera peruana junto a una columna cargada de oro, tras meses de búsqueda por encargo del conquistador Pizarro. Entre los acantilados y el rugido del río, el joven español atraviesa un puente de cuerdas incas mientras lleva en el corazón el recuerdo de Anamaya, una mujer de la tierra que lo ha cautivado. La travesía le enfrentará a la brutalidad de Hernando Pizarro y a sus propias convicciones sobre la conquista.
En abril de 1533, Gabriel regresa a Cajamarca con una columna de españoles, porteadores indios y llamas cargadas de oro. La expedición ha cumplido su cometido bajo las órdenes del gobernador Pizarro: reunir riquezas. Además traen un cautivo ilustre, Chalcuchimac, general inca, a quien Hernando Pizarro ha convencido de unirse a los españoles mediante astucia y violencia.
La ruta desciende vertiginosamente por acantilados donde el viento levanta brumas densas. Gabriel camina adelante, guiando su caballo por senderos tan estrechos que parecen cortados por un hacha titánica. A través de la niebla, el río rugiente se ve muy abajo, hinchado por las lluvias, arrastrando en sus aguas ocres los troncos arrancados de las orillas.
Mientras avanza, Gabriel no logra apartar de su mente a Anamaya. Su ausencia se convierte en obsesión: sus palabras en castellano, su cuerpo esquivo y generoso, su modo de inclinar la cabeza cuando susurra que lo ama. En este paisaje ajeno e inhóspito, ella es su único ancla emocional, la razón por la que Perú le parece magnífico.
El puente de cuerdas incas emerge ante la columna: estructura imposible que cuelga sobre el abismo como un collar, tejida con alambres del grosor de muslos humanos. Los españoles tiemblan; los porteadores indios avanzan con soltura. Gabriel cruza primero, impidiendo que su caballo vea el vacío. En el centro, el puente oscila y el río ensordece.
Pero entonces, mientras los últimos porteadores terminan su paso, los cóndores llegan: aves enormes que los indios veneran como mensajeras del dios Sol. Pican sobre el puente en busca de presa, sembrando el caos. Y en ese momento, Hernando Pizarro comete un acto de crueldad extrema que Gabriel no puede tolerar. Lo que sucede después marca el quiebre: Gabriel enfrenta a Hernando en un duelo de espadas cuyos aceros chocan entre los ecos de la cordillera.