Alba Ponz, psicoterapeuta de cuarenta años, recibe una llamada telefónica de un hombre desconocido que se identifica como Alberto. Él ha leído sus libros profesionales y cree que ella es la única que puede ayudarlo a salir de un túnel de…
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Alba Ponz, psicoterapeuta de cuarenta años, recibe una llamada telefónica de un hombre desconocido que se identifica como Alberto. Él ha leído sus libros profesionales y cree que ella es la única que puede ayudarlo a salir de un túnel de desesperación. Propone un tratamiento irregular: sesiones por teléfono. Aunque Alba tiene dudas, algo en el tono de Alberto la convence a intentarlo, bajo condiciones que incluyen grabar las conversaciones. Lo que comienza como un reto terapéutico sin precedentes evoluciona hacia una investigación profunda de los motivos ocultos de un paciente cuyo rostro nunca verá.
Durante una noche de insomnio previo a su cumpleaños número cuarenta, Alba Ponz, psicoterapeuta reconocida por sus publicaciones sobre patologías mentales, rumiaba sobre su paso a una nueva década mientras las agujas del reloj marcaban las cinco de la mañana. Casada con Andrés desde hacía veinte años, madre de dos adolescentes y profesional respetada, Alba cargaba con una inquietud más profunda: la sensación de vivir bajo la mirada censuradora de su padre fallecido años atrás, un intelectual que le transmitió la idea de que solo cuando las cosas están hechas se puede saber si estuvieron bien.
El día de su cumpleaños transcurría sin sobresaltos. Su familia la felicitó, su marido le susurró palabras de afecto. Parecía un día ordinario. Luego llegó la llamada. Un hombre que se presenta como Alberto contacta desde el anonimato. Ha leído sus libros profesionales y cree que ella, solo ella, puede ayudarlo a escapar de un túnel de desesperación del que no ve salida. Propone algo extraordinario: sesiones de psicoterapia por teléfono. No puede concurrir a una consulta. Su tono trasluce tanto urgencia como una amenaza implícita.
Alba siente la tentación de rechazar. Pero algo cede en ella. Es psicoterapeuta porque se fascina descifrando los misterios del alma humana, y aquí hay un enigma completo: un hombre sin rostro, sin identidad verificable, que apela simultáneamente a su profesionalismo y a su compasión. Negocia condiciones: grabará las sesiones, buscará supervisión con colegas de confianza. Alberto accede. Lo que comienza como una anomalía en la práctica clínica marca el inicio de una historia donde una terapeuta debe internarse en la psique de un desconocido sin más referencia que el timbre, el ritmo y las pausas de una voz en la línea.
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