En las montañas de Hispania del siglo IV, un asceta conocido como el Doctor llega a una villa romana portando un mensaje de pobreza radical y desprecio al cuerpo.
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En las montañas de Hispania del siglo IV, un asceta conocido como el Doctor llega a una villa romana portando un mensaje de pobreza radical y desprecio al cuerpo. Su presencia despierta en Anü, la joven hija del terrateniente, una inquietud espiritual que oculta turbaciones más oscuras. Mientras se construye el primer templo de San Pedro, las tensiones teológicas entre la doctrina extrema del predicador y los compromisos terrenales de la sociedad provincial comienzan a resquebrajarse, amenazando con revelar verdades incómodas sobre la fe, el cuerpo y el pecado.
Un atardecer de cielo salmón ilumina la llegada del Doctor a las tierras donde pronto se levantará San Pedro. Descalzo y en túnica pobre, acompañado por más de cien fieles hambrientos y descalzos, el predicador ascético toca la puerta de la villa de Aufidio buscando refugio. En el umbral lo recibe Anü, la hija del terrateniente, quien al abrirle las puertas de su casa también abre, sin saberlo, las de su propia turbación.
El Doctor predica una doctrina radical: todo lo material es pecado, el cuerpo es la cadena que nos ata al demonio, solo la pobreza absoluta y la mortificación de la carne nos acercan a Dios. Sus palabras inflamadas encuentran resistencia en Aufidio, un hombre práctico que sirve al dios cristiano más por conveniencia que por devoción, hastiado de sus tierras montañosas y nostálgico de la Baelo esplendorosa de su juventud.
Sin embargo, la presencia del asceta provoca algo distinto en Anü. Cada mañana despierta con malestar físico incomprensible, con una angustia que la acecha. Siente los ojos del Doctor sobre ella cuando reza, percibe su aliento a bayas silvestres en la oscuridad de la capilla, nota cómo su cuerpo se comporta de formas que desconoce. La joven, educada para portar una espada y defender la villa, se sorprende renunciando voluntariamente a las comodidades de su posición, rechazando el servicio de sus esclavas, ayunando como lo hace el predicador.
Cuando el Doctor propone edificar un templo en las tierras rocosas del castro, Aufidio cede a un trato que lo asombra a sí mismo: venderá las tierras, junto con las familias que viven allí, por menos de lo que pide. El Doctor, cuya mente ya no habita su cuerpo menudo ni su rostro ascético, ya piensa únicamente en cómo convertir toda Hispania.
Pero bajo la construcción de San Pedro se cavan otros cimientos: los de las contradicciones entre el mensaje radical y la realidad humana, entre la doctrina del rechazo del cuerpo y los impulsos irrefrenables de la carne, entre la fe y sus sombras innombrables.