Cedric Errol es un niño estadounidense que crece en la modestia de Nueva York, hijo de una madre viuda y de un capitán inglés fallecido tiempo atrás.
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Cedric Errol es un niño estadounidense que crece en la modestia de Nueva York, hijo de una madre viuda y de un capitán inglés fallecido tiempo atrás. A los siete años recibe una noticia inesperada: su abuelo, un conde inglés a quien nunca ha conocido, lo convoca a Inglaterra. El niño debe abandonar su vida tranquila, sus amigos queridos y el tendero Hobbs, para asumir su destino como heredero de un título nobiliario que desconocía poseer.
María murmuraba maldiciones contra la aristocracia cuando preparaba a Cedric para la visita, peinando sus rizos y vistiendo su mejor traje de franela blanca. Poco después, el niño descendía las escaleras hacia un encuentro que cambiaría su vida por completo.
Cedric Errol ha crecido en una casa modesta de Nueva York, rodeado del amor de su madre y la ternura de una criada fiel. Su padre, un capitán inglés de buenos sentimientos, murió cuando era apenas un bebé; lo único que conserva de él es el recuerdo de sus hombros anchos y su sonrisa permanente. Su madre, una mujer que trabajaba como dama de compañía antes de casarse, se convirtió en su mundo entero. Juntos construyeron una vida pequeña pero plena, donde el niño aprendió la bondad observándola a ella y a su padre, quien le dirigía palabras afectuosas cada día.
Cedric no había oído jamás hablar de su condición social. No sabía que su padre provenía de una familia inglesa acaudalada ni que su abuelo era un conde. Lo que sí sabía era que las personas lo querían. En la calle la gente se detenía a mirarlo, atraída por sus rizos rubios, sus ojos bondadosos y su capacidad de entender los sentimientos ajenos sin desconfiar de nadie. Había encontrado amigos en el tendero Hobbs, quien a pesar de su mal genio lo trataba con admiración; en el panadero, el lechero, la vendedora de manzanas. Especialmente con Hobbs, un comerciante de espíritu republicano que detestaba la aristocracia y pasaba horas relatando la historia de la revolución americana al atento Cedric.
Pero a los siete años, durante una conversación con Hobbs sobre condes y la reina Victoria, su vida toma un giro abrupto. Su abuelo, el conde de Dorincourt, ha enviado un abogado desde Inglaterra. El niño que ignoraba su propia historia descubre que será heredero de un título nobiliario, de castillos, tierras y riquezas. Deberá abandonar Nueva York, a su madre y a sus amigos queridos para ir a Inglaterra. La explicación es compleja: su padre hubiera sido conde, sus tíos fallecieron, y solo él queda. Ahora es lord Fauntleroy, pequeño señor de una nobleza que desprecia profundamente en sus conversaciones cotidianas con el tendero republicano.
La transición es abrupta para el niño. No quiere ser conde. Preferiría seguir siendo el pequeño Cedric que discute política con Hobbs, que ayuda a su madre a olvidar el luto, que distribuye su bondad natural a todos los que lo rodean. Pero el mundo no siempre permite que los niños, incluso los buenos, elijan su propio camino.
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