Ángel Ladña asiste al funeral de su patrón, el doctor Agenor Chicaiza, a quien la ciudad celebra como un héroe que sacrificó su vida para salvar a una actriz extranjera.
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Ángel Ladña asiste al funeral de su patrón, el doctor Agenor Chicaiza, a quien la ciudad celebra como un héroe que sacrificó su vida para salvar a una actriz extranjera. Bajo la pompa de la ceremonia religiosa y entre los lamentos de los enlutados, el narrador guarda una verdad incómoda: Chicaiza fue un hombre falso y miserable. Desde el mar, donde decidió purificarse de tanto engaño, Ángel decide confesar la historia real, revelando cómo una ciudad entera fue seducida por las palabras vacías de un impostor.
En el templo del barrio La Cresta, durante el funeral del doctor Agenor Chicaiza, la muchedumbre enlutada solloza y reza. El sacerdote proclama desde el púlpito que Chicaiza fue un santo, un héroe que entregó su vida para salvar a Melanie de Ohio, una actriz extranjera. Los círculos literarios, la Academia de Artes, todas las figuras prominentes de la ciudad rinden tributo con flores que cubren el féretro. Ángel Ladña permanece de rodillas, observando esta ceremonia desde adentro. Ha servido durante años al doctor Chicaiza como criado, y conoce su verdadera naturaleza: un hombre falso, vicioso, embustero, incapaz del menor acto de bondad. Pero la voz del sacerdote posee un poder transformador. Convierte los vicios en virtudes, los pecados en sacrificios evangélicos. Los escépticos salen catequizados; los crédulos, reconfortados. Mientras escucha la arenga, Ángel se debate entre lo que sabe y lo que todos ven. Las palabras del cura se clavan en su mente como un hipo que no cesa. Después del entierro, abandona su casa de miseria y camina hacia el mar, buscando purificarse de tanto engaño. Frente al océano donde Chicaiza se ahogó, decide confesar la verdadera historia: no para justificarse, sino para desmontar la impostura que convirtió a un embaucador en mártir de una ciudad que vive de mentiras.