Julieta Luna tiene 29 años y creía en los cuentos de hadas. Vivió años con Alejandro en un departamento compartido, esperando el compromiso que él nunca quiso dar.
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Julieta Luna tiene 29 años y creía en los cuentos de hadas. Vivió años con Alejandro en un departamento compartido, esperando el compromiso que él nunca quiso dar. Una boda, una discusión acalorada y la certeza de que su relación no tenía remedio la llevan a la separación. Ahora, sola en un pequeño apartamento de la Condesa, descubre que reinventar su vida significa aprender a vivir sin el príncipe azul que prometían sus sueños.
En las noches de insomnio, Julieta Luna se sumerge en fantasías que desvanecen con el amanecer. Una de ellas, en la que un hombre de ojos verdes y manos grandes la posee en un bosque envuelto en niebla, refleja la brecha que existe entre sus deseos más primitivos y la realidad que habita: una mujer de veintinueve años que durante cinco años cohabitó con Alejandro Blanco, convencida de que el amor que compartían era suficiente para llenar cualquier vacío.
Pero las cosas cambian el día que la mejor amiga de Julieta, Kenia, se casa. En la iglesia, rodeada de flores y promesas eternas, Julieta presiona la mano de Alejandro e imagina ese mismo momento para ellos. Su pregunta ingenua —¿te imaginas que tú y yo hiciéramos lo mismo?— se convierte en un espejo donde Alejandro ve todo lo que no quiere: un compromiso formal, un anillo, la obligación de estar atado. Su respuesta muda, su incomodidad visible, su vena palpitante en la frente, confirma lo que Julieta ha sabido pero no querido admitir: su relación no tiene futuro.
Esa noche, en el bar de la recepción, Julieta se encuentra con un desconocido de ojos aceituna que le insinúa estar sola. Ella no puede ni responder qué es en realidad: ¿novia? ¿Conviviente? ¿Esperanza aplazada? El descubrimiento de su anillo de casado cierra cualquier puerta de fantasía. Los buenos hombres, piensa, siempre están casados o ausentes.
De regreso en México, tras promesas vagas de amistad eterna, Julieta y Alejandro se separan. Lo que sigue es el descenso a una vida modesta: un colchón en el piso de un departamento antiguo en la Condesa, una hielera de playa como refrigerador, almohadones gigantes como muebles. Ha perdido todo lo que la relación le ofrecía, incluso un trabajo que nunca le gustó. Pero en esa precariedad, entre tequila y cigarrillos, surge algo inesperado: la posibilidad de convertirse en alguien diferente, de romper con la ilusión del príncipe azul que la mantuvo cautiva durante años.
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