Un químico toxicólogo es convocado de urgencia al Ministerio de Asuntos Exteriores para investigar la muerte de un senador estadounidense hallado en un hotel costero con sospecha de envenenamiento por cianuro.
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Un químico toxicólogo es convocado de urgencia al Ministerio de Asuntos Exteriores para investigar la muerte de un senador estadounidense hallado en un hotel costero con sospecha de envenenamiento por cianuro. Con la autopsia confirmando el veneno, surge el interrogante fundamental: ¿accidente, suicidio u homicidio? A través de un diálogo técnico y tenso, el experto deberá descartar hipótesis mientras revela cómo una sustancia tan letal y accesible puede cambiar el rumbo de la diplomacia internacional.
Eduardo Bueno, metódico y perfeccionista, recibe una llamada urgente. Se le ordena dejar todo y esperar en la calle un vehículo oficial que lo llevará a Madrid sin revelar el motivo. Cuando llega al Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, descubre una reunión de alto nivel: el ministro, el director del Servicio Secreto, un coronel del Centro Nacional de Inteligencia y un joven funcionario que no deja de tomar notas.
El ministro va al grano: un senador estadounidense, Glenn Duncan, apareció muerto en extrañas circunstancias en un hotel de la costa murciana. Vino a España en misión diplomática hace dos semanas, pero se quedó atrás cuando sus colegas continuaron hacia Alemania. La autopsia española reveló intoxicación por cianuro, confirmada por una segunda autopsia en Estados Unidos. Los americanos están furiosos y seguros de que fue asesinado. El gobierno español, sin embargo, lo duda.
Eduardo es consultado sobre las posibilidades: ¿pudo ser accidental? Explica cómo el cianuro llega al cuerpo de distintas formas: inhalación en incendios, gases contra plagas, o ingestión. En este caso, todo apunta a ingestión. ¿Pero cómo terminaría cianuro accidentalmente en el cuerpo de un senador en una habitación de hotel?
La conversación gira hacia el suicidio. El ministro sugiere una píldora especial, como las de los nazis. Eduardo rechaza: incluso si existiera, habría un recipiente cercano. Los nazis tenían razones fundadas para llevarla. ¿Pero un senador estadounidense? ¿Qué motivos tendría?
Finalmente, Eduardo concluye: casi con seguridad, fue asesinato. Sin evidencias de suicidio ni circunstancias accidentales plausibles, la lógica científica apunta al homicidio.
El ministro plantea entonces la pregunta más incómoda: ¿dónde y cómo se consigue cianuro en España? Eduardo revela que no es una única sustancia sino moléculas diferentes disponibles en petroquímica, minería de oro y plata, y crucialmente, en joyerías. Se vende en frascos de ochocientos gramos a través de mayoristas e Internet, a treinta euros, con suficiente contenido para miles de víctimas.
La conversación expone un dilema político: un gobierno reciente de tecnócratas, impuesto sobre población escéptica y necesitado de relaciones diplomáticas impecables con Estados Unidos, enfrenta la realidad de que un homicidio con todas sus implicaciones internacionales parece ser la explicación más probable.
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