En una tarde de sábado en mayo, Dave Galloway cierra su tienda de reparación de relojes en Everton y comienza su rutina habitual: pasear por calles arboladas, observar un partido de baseball desde la galería de su amigo Musak, un ebanista…
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En una tarde de sábado en mayo, Dave Galloway cierra su tienda de reparación de relojes en Everton y comienza su rutina habitual: pasear por calles arboladas, observar un partido de baseball desde la galería de su amigo Musak, un ebanista mayor, y jugar al chaquete. Todo transcurre dentro del ritmo monótono que ha caracterizado su vida durante años. Sin embargo, existe una inquietud que no logra disimular: su hijo Ben, de dieciséis años, parece alejarse lentamente, y se pregunta si esta podría ser su última noche de verdadera felicidad.
En Everton, un pueblo norteamericano de quietud perdurable, Dave Galloway regenta una pequeña joyería dedicada a la reparación de relojes. Un sábado de mayo, cierra su tienda al atardecer y retoma la rutina que ha perfeccionado: paseos por calles arboladas, la vista de familias cultivando jardines, los mismos gestos minuciosos al preparar la cena en soledad.
Su hijo Ben, de dieciséis años, sigue sus propios caminos. Este año ha abandonado el baseball, el deporte que lo entusiasmaba. Galloway no indaga razones; comprende que los muchachos alteran intereses sin explicación. Pero la ausencia de Ben en los partidos representa una pequeña pérdida que prefiere no examinar.
Por las tardes de sábado, Galloway visita a Musak, un ebanista de edad incierta que vive solo. Su amistad es silenciosa y acogedora. Musak es un inmigrante europeo que trabajó en fábricas de pianos; sus grandes manos dominan tareas delicadas: reparación de muebles antiguos, cajas de relojes, cofres con incrustaciones exóticas. No se saludan formalmente; Musak gruñe, señala un sillón, ambos observan desde la galería los entrenamientos de baseball en el campo municipal.
Cuando oscurece, se retiran al interior donde los aguarda el chaquete. La partida transcurre en atmósfera acogedora, iluminada apenas por una lámpara. Whisky, hielo, dados, fichas. Musak bebe más de lo que habla, suelta comentarios sobre vecinos o apuestas; cuando pierde, su rostro se torna mohíno como el de un niño ofendido.
En algún momento, Musak pregunta por Ben. Hay algo en su tono que incomoda a Galloway, algo indefinible pero que lo hace susceptible. El viejo ebanista parece insinuar que la tranquilidad de Galloway es precaria. Galloway responde brevemente: Ben es un buen muchacho.
La novela abre con la quietud de una tarde de mayo, con gestos repetidos de un hombre cuya vida se ha vuelto predecible como un reloj calibrado. Pero desde el primer párrafo flota una pregunta: ¿será esta la última noche de dicha genuina? ¿Está algo a punto de romper la cadencia que Galloway ha construido alrededor de su existencia?
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