El viejo Dick Sharon, en su lecho de muerte en Calgary, transmite a su nieta Deedie su última lección: vivir sin temor. Años después, Deedie lucha sola en Edmonton como mecanógrafa, desencantada de sus sueños juveniles.
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El viejo Dick Sharon, en su lecho de muerte en Calgary, transmite a su nieta Deedie su última lección: vivir sin temor. Años después, Deedie lucha sola en Edmonton como mecanógrafa, desencantada de sus sueños juveniles. Cuando conoce a Jim Lansing, un hombre del norte criado en la frontera, la monotonía de su vida se quiebra. Para protegerlo de una ladrona, Deedie comete un acto audaz: lo roba a él. Así comienza un encuentro que promete transformar ambas vidas.
En Calgary, al atardecer de un día de septiembre, el viejo Dick Sharon contempla los tejados de la ciudad sabiendo que no volverá a verlos con vida. Ochenta años acumulados en su memoria: historias de la Policía Montada del Noroeste, encuentros con tribus indias en las fronteras, actos de valor en tiempos cuando el norte era aún salvaje. Pero su verdadera preocupación es Deedie, su nieta de dieciséis años, huérfana recogida a regañadientes por tíos que la sofocaban con su falsa piedad. En su último encuentro, Dick le deja el único legado que importa: la valentía de vivir sin temor, sin dejarse amilanar, enfrentando la vida cara a cara.
Cuando la historia avanza, Deedie es ya una mujer de diecinueve años que ha llevado al extremo la enseñanza de su abuelo. Abandonó Calgary para forjar su propio destino, pero la realidad urbana la ha erosionado. Vive en la casa de huéspedes de Ma Rose en Edmonton, trabajando como mecanógrafa, pasante, camarera. Sus sueños de universidad, fortuna y fama han desaparecido. Se siente estancada, vieja a los diecinueve años, sin horizonte.
Una cálida noche de julio, en la fiesta improvisada de Ma Rose, aparece Jim Lansing. Es un hombre del remoto norte, criado en las llanuras desoladas, que ha venido a la ciudad para aprender a pilotar un aeroplano. Es tosco, de facciones duras, pero emana una virilidad magnética que lo distingue entre la multitud. Deedie lo observa desde la distancia, fascinada por algo indefinible que lo rodea, por esa energía bruta que vigorizaba su propio cuerpo cuando bailaron juntos.
Cuando descubre que Phyllis Barnes, otra de las huéspedas, planea robarle su dinero, Deedie actúa sin cálculo. No puede permitir que Jim sea desvalijado. En un gesto audaz que la define, ella misma lo roba: toma su cartera para evitar que otro la tome. Esa noche, sola en su cuarto, Deedie espera los pasos de Jim en el pasillo, sabiendo que se aproxima un encuentro que reescribirá el futuro de ambos.
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