Un niño prietísimo regresa de Acapulco cegado por el sol, lleva sus ochot atulet mientras corre hacia La Mira. Años después, en la escuela Simón Bolívar, chilla como infame desde el primer día.
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Un niño prietísimo regresa de Acapulco cegado por el sol, lleva sus ochot atulet mientras corre hacia La Mira. Años después, en la escuela Simón Bolívar, chilla como infame desde el primer día. Entre maestros sádicos y compañeros burlones, descubre el dibujo, el teatro, el rock and roll y el beisbol, mientras navega por la infancia y la adolescencia mexicana de los años cincuenta.
Antes del Simón Bolívar, la infancia transcurre entre Acapulco, donde el sol cegador quema la piel prietísima, y la Ciudad de México en las sombras frondosas. Un niño es llevado de la mano por su madre, absorto en un atlas de Rand McNally que su padre, capitán de DC-4, trae de los Estados Unidos. Ese atlas le permite recitar todas las capitales del mundo, pero no redime sus turbulencias: patea a otros niños, lanza tenedores a sus hermanos, persigue a su hermana con un machete.
El Simón Bolívar lo espera como un feudo: desde el primer día chilla como infame. Los maestros son personajes perturbadores: el Papi con abrazos selectivos según el color de piel, el mesié Angulo especializado en el albur, el director Chávez acosador de scouts. El mesié Romero es grasa, salivazo y sadismo en forma: un domingo lo cita para terminar la exposición; el niño prefiere comer pepitas y leer sobre Elvis Presley.
A los trece años escribe su primer cuento: “Las aventuras de Zeus Pinto”, un detective aventurero. En Palenque 15, la casa propia en la Narvarte, hace un periódico escolar: “Ecos de 5.º C” es cáustico, exigente, popular. El rock and roll llega en 1955 con Elvis, Fats Domino, Chuck Berry. Devora el Billboard para memorizar marcas de disco y posiciones en listas.
Una tarde de domingo en Palenque estalla una batalla campal. Su diario consigna pistoleros del Ratón, puñetazos, navajazos, la casa como refugio mientras su padre sale con pistola. Es la crónica de la adolescencia mexicana de los años cincuenta: violencia casual, amigos retrasados mentales con excepciones brillantes, el Parque Hundido como templo para jugar beisbol con bolitas de papel.
En la Maya Pony League brilla como pícher y bateador. En el juego inaugural poncha a los primeros cinco, luego conecta el primer jonrón en la historia de la liga menor. El teatro lo reclama. Ve a Ignacio Retes en “Petición de mano” en el Santa Fe y queda alucinado. Decide montar la misma obra en el Simón, la reconstruye sin comprar el texto, disfraza a un compañero de mujer y, con asesoría de su hermano Gerardo, crea una puesta en escena memorable del subteatro.
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