En el aparcamiento subterráneo de un centro comercial de moda, un hombre desciende para recuperar su coche tras comprar un regalo. Camina entre los pilares de hormigón sin percatarse de lo que yace a su lado: el cuerpo inerte de una mujer,…
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En el aparcamiento subterráneo de un centro comercial de moda, un hombre desciende para recuperar su coche tras comprar un regalo. Camina entre los pilares de hormigón sin percatarse de lo que yace a su lado: el cuerpo inerte de una mujer, cubierto bajo terciopelo sucio. Por una serie de caprichos del azar y la falta de atención, pasa junto a la muerte sin verla. Solo después, a través de otros ojos que sí observan la escena, emerge la verdad de lo que aquella tarde nublada y fría dejó tras de sí en las sombras.
En los últimos minutos antes del cierre, un cliente recorre las tiendas del Barringdean Shopping Centre, ese monumento moderno que imita castillos medievales con torres de juguete. Compra un regalo, vagabundea entre la fuente central de chorros que descienden, observa los últimos compradores con bolsas en mano antes de marcharse por la escalera mecánica hacia el aparcamiento subterráneo. El centro comercial cierra sus puertas; la neblina cubre la ciudad, la tarde se vuelve tan oscura como la medianoche.
En el segundo nivel del aparcamiento, bajo lámparas que arrojan una luz pálida entre los pilares de hormigón, yace el cuerpo de una mujer. Cubierto con tela de terciopelo marrón y sucio, reposa entre dos vehículos aparcados: un Escort plateado y un Lancia azul oscuro. Pero el hombre que pasa apenas metros de distancia no la ve. Su mente está ocupada en otras cosas: el viaje de regreso, la hora que marca su reloj, la salida hacia la superficie. El azar hace que su ruta de escape lo aleje de aquel lado del aparcamiento. Sube hacia la calle sin saber que ha caminado junto a la muerte.
Mientras tanto, en una casa de Pomeroy Road, un anciano llamado Archie Greaves observa desde su ventana la entrada del aparcamiento y el centro comercial que se apaga lentamente. Ha pasado la tarde mirando, reconociendo caras de compradores habituales, divirtiéndose con los detalles de la calle ahora más tranquila que la época en que había estación de autobuses. Nota movimientos anómalos: un joven que corre sin razón aparente, una mujer pequeña que camina con lentitud deliberada, como si buscara algo o a alguien, enfadada pero contenida en su enfado. La neblina lo envuelve todo. Las luces se apagan. Y queda solo el silencio y la oscuridad, con una pregunta suspendida en el aire sobre lo que realmente sucedió esa noche.
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