Cuando dos jóvenes dentistas formados en España llegan a Elvira en 1871, el viejo Apolonio Mancuso, quien por años había ejercido como flebótomo en el pueblo, ve desvanecerse su clientela.
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Cuando dos jóvenes dentistas formados en España llegan a Elvira en 1871, el viejo Apolonio Mancuso, quien por años había ejercido como flebótomo en el pueblo, ve desvanecerse su clientela. Desesperado por mantener su oficio, descubre en la biblioteca local una crónica sobre el taladro dental inventado por John Greenwood en Estados Unidos. Con esta revelación, Apolonio emprende un viaje obsesivo para construir su propia máquina. De la mano del carretero Huáscar Castañón, levanta un ingenioso armatoste de fierro, alambres y resortes que, tras múltiples pruebas y ajustes, logrará taladrar huesos y muelas.
La tarde calurosa de octubre de 1871 cuando la caravana de dentistas llega a Elvira marca el fin de una era. Apolonio Mancuso, el viejo flebótomo de manos gruesas y surcos profundos, contempla cómo la multitud vitoreaba a los recién llegados como héroes. En ese acto, siente cómo su mundo se desmorona: dos jóvenes profesionales, formados por reconocidos médicos españoles, ofrecen gratuitamente servicios que durante años vendió a duras penas. Sus rústicos métodos y herramientas de trabajo, comparados ahora con las sofisticadas instalaciones del consultorio municipal, lo condenan al olvido.
Después de un mes sin pacientes, cuando la desesperación amenaza con convertir su decisión en irreversible, Apolonio regresa a la biblioteca del pueblo. Entre montones de papeles descartados, encuentra un portafolios carcomido que contiene recortes de diarios argentinos. Uno de ellos narra cómo John Greenwood, un odontólogo estadounidense, ha inventado un taladro capaz de limpiar y conservar las piezas dentales en lugar de extraerlas sin remedio. La revelación transforma su comprensión del oficio: nunca antes se le había ocurrido que algunas muelas podían salvarse.
Con sus primitivos dibujos bajo el brazo, Apolonio busca a través de los talleres de Elvira quién pudiera construir esa máquina. La mayoría rechaza su encargo, atemorizado ante la posibilidad de matar a alguien con semejante aparato. Hasta que Huáscar Castañón, un carretero pragmático, acepta el reto a cambio de doscientos bolivianos.
Lo que emerge del patio de la fábrica tres semanas después es un armatoste de casi metro y medio de altura: un cuerpo de fierro remachado, cadenas y resortes que confluyen en un pedal de madera. Cuando Castañón carga el pedal con movimientos rítmicos, el brazo picotea el aire como un ave prehistórica. Pero la máquina no está lista aún. Requiere decenas de pruebas sobre huesos de cordero y vaca, sobre las setenta y dos muelas que Apolonio ha coleccionado como trofeos de su carrera. Cada intento revela nuevas dificultades: la débil estructura del brazo, la necesidad de sincronizar el movimiento del pie con el giro de la broca. Poco a poco, el viejo flebótomo y el carretero ajustan, corrigen, reinventan su máquina hasta lograr que las brocas dejen de tambalearse.
En el umbral entre dos mundos—el oficio artesanal que se desmorona y el conocimiento científico que avanza—Apolonio ha construido su apuesta por la supervivencia.