En una carretera nocturna, Simón Templar, el justiciero conocido como el Santo, intercepta un automóvil de lujo. Dentro viajan tres criminales: la desafiante Jill Trelawney, el temeroso Stephen Weald y el fornido Budd.
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En una carretera nocturna, Simón Templar, el justiciero conocido como el Santo, intercepta un automóvil de lujo. Dentro viajan tres criminales: la desafiante Jill Trelawney, el temeroso Stephen Weald y el fornido Budd. Entre el Santo y Jill surge un enfrentamiento de voluntades cargado de insolencia y desafío. Él rasgua la invitación falsificada a un robo de joyas. Ambos reconocen en el otro a un adversario de talla, y lo que comienza como un incidente nocturno se convierte en el prólogo de un duelo más profundo.
El Santo, el misterioso justiciero que actúa en los márgenes de la ley, caza a criminales sofisticados con una mezcla de ingenio, violencia contenida y un humor que desafía toda convención. Esta noche, en una carretera oscura cerca de Londres, ha estado esperando un automóvil específico: el que transporta a tres delincuentes planeando un audaz robo en la mansión de Lord Essenden. Jill Trelawney es una mujer de elegancia peligrosa, de ojos leonados y cabellera dorada, completamente distinta a las cómplices que el Santo ha perseguido antes. Viaja con Stephen Weald, un estafador de confianza que se queja constantemente, y Budd, un antiguo boxeador convertido en matón, apodado Sonrojos por su tendencia a ruborizarse ante la confrontación. Mientras el automóvil atraviesa la noche, los tres debaten sobre El Santo, cuya reputación —la capacidad de lanzar hombres por muros, la precisión de sus ataques, su indiferencia ante la amenaza— tiende una trampa psicológica que solo Jill parece rechazar. Cuando el Santo irrumpe en el auto por la ventanilla, la escena se transforma en una danza verbal de insolencia mutua. Con un brazo metido entre los marcos del coche, desafía a Jill con una voz que arrastra las palabras cargadas de burla y reto absoluto. Ella, lejos de acobardarse, desenfunda una pistola y lo mira a los ojos. El Santo rasgua la invitación en dieciséis pedazos y los deja caer en el piso del auto. Lo que emerge es una mutua fascinación cubierta de hostilidad. Jill rechaza sus consejos y lo desafía a presentarse en Belgrave Street al día siguiente. El Santo se marcha, pero permanece una pregunta: ¿por qué este justiciero ha decidido hacerse especialmente desagradable con esta mujer?
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