Un escritor recibe la visita inesperada de un personaje excéntrico tras presentar sus libros en una conferencia. El señor Ligotti le ofrece vender su departamento en la colonia Juárez por la cantidad que pueda pagar, con la única condición…
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Un escritor recibe la visita inesperada de un personaje excéntrico tras presentar sus libros en una conferencia. El señor Ligotti le ofrece vender su departamento en la colonia Juárez por la cantidad que pueda pagar, con la única condición de visitarlo regularmente. Lo que comienza como un golpe de suerte se transforma en obsesión cuando el viejo aparece cada vez con mayor insistencia, borrando las líneas entre generosidad y manipulación.
Una noche, tras presentar sus obras en una conferencia, el escritor Esteban Sánchez es abordado por un extraño personaje. El señor Ligotti, excéntrico y elegante con su saco rojo de pana y bastón de plata, le hace una propuesta insólita: vende su departamento en el edificio Berlín, en la colonia Juárez, por lo que Esteban pueda pagar. Única condición: permitirle visitarlo ocasionalmente para conversar sobre libros y tomar café.
Esteban, escritor de thrillers que ha alquilado toda su vida y sueña con poseer casa propia, ve en esta oferta un milagro. Su esposa Adela está embarazada, próxima al parto, y la angustia económica lo acompaña. El departamento es exactamente lo que siempre quiso: antiguo, bien conservado, techos altos, chimenea, piso de duela, ubicado en la planta baja para no cargar la carriola por escaleras. Se muda celebrando con amigos, convencido de que la fortuna finalmente lo ha tocado.
Pero la verdadera naturaleza del señor Ligotti emerge rápidamente. El viejo comienza a presentarse sin invitación, en horas intempestivas, con una persistencia que crece día tras día. Primero visitas breves, luego apariciones sorpresivas, después vigilancia desde la calle. Esteban intenta evadir: se esconde en casa, simula ausencia, se pierde en las calles de la ciudad. Aunque imagina un juego de ingenio, descubre que es una persecución silenciosa y constante.
La tensión alcanza su punto álgido en una tarde lluviosa. El señor Ligotti llama desde la calle y, sin respuesta, marca el teléfono de la casa. Su voz resuena en el contestador automático: “Sé que estás ahí. Debes recibirme. Cumple con tu parte del trato”. Empapado bajo la lluvia, mantiene el teléfono contra su oreja como si pudiera ver a través de las paredes.
Esteban y Adela se escapan de vacaciones. Pero al regresar, descubren lo inimaginable: el señor Ligotti está dentro del departamento, haciendo sonar sus anillos contra una taza de café humeante, esperándolos como si nunca hubiera tenido intención de marcharse.
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