En el muelle de Villajoyosa, bajo la lluvia, una madre espera junto a sus hijos el regreso del barco tras un naufragio. Florentino Elizaicin pierde a su padre en el mar y transforma ese duelo en determinación.
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En el muelle de Villajoyosa, bajo la lluvia, una madre espera junto a sus hijos el regreso del barco tras un naufragio. Florentino Elizaicin pierde a su padre en el mar y transforma ese duelo en determinación. Su promesa lo llevará a emigrar a la República Dominicana en busca de fortuna, donde descubrirá en la minería y la amistad insospechada las herramientas para construir un destino diferente al que lo esperaba.
La tarde en que el remolcador regresa al muelle de Villajoyosa trae consigo la noticia que Encarna ya ha presentido. Entre la lluvia y las nubes plomizas, las mujeres del pueblo llegan vestidas de negro, acompañadas por sus hijos pequeños. Cuando los supervivientes desembarcan uno a uno, la familia Elizaicin permanece sola en el muelle: Florentino, de dieciséis años, sostiene a su madre mientras su hermana duerme ajena al drama. Su padre, Vicent, no regresará.
En aquella España pesimista de 1901, tras el desastre imperial, Florentino toma una decisión que marcará su vida. Rechaza el ofrecimiento de trabajar en un pesquero —el destino que su padre le había negado con la frase que le enseñó: «Tu no et faràs peixcaor»—. En cambio, proclama su intención de partir hacia América. Su abuelo Ricardo, quien le había transmitido el amor por la lectura y la idea de que ningún hombre que lee muere pobre, lo ha preparado para soñar más allá de los límites de su pueblo.
Dos semanas después, Florentino embarca en el Bahía de Ocoa rumbo a la República Dominicana. Durante la travesía, trabaja en la cocina, asiste al maquinista y descubre en los motores una afinidad que lo cautiva. A su llegada a Puerto Plata, un villorrio caribeño que le recuerda a su Villajoyosa, comienza con casi nada: tres monedas de dos reales. Sin embargo, su inteligencia y su capacidad de resolver problemas lo introducen en la empresa minera local, donde demuestra ser versátil en cualquier tarea que se le encomienda.
Es allí donde conoce a Byron, un joven negro norteamericano de personalidad radiante, quien años atrás escapara de los tiburones al ser desembarcado como polizón. A pesar de sus diferencias de trasfondo, aspecto y carácter, ambos jóvenes se hacen inseparables. Juntos ven amanecer en un pedregal sobre el acantilado, donde Florentino advierte algo que Byron corrobora: hierro. Esta revelación despierta en él una ambición que trasciende el trabajo por encargo. Negocia la compra del terreno con el terrateniente Vásquez Lájara, comprometiéndose a pagar novecientos pesos con solo trescientos en mano. Comienza así su verdadera aventura.
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