En un hotel decrépito de Sitka, Meyer Landsman, detective de la policía del distrito, se despierta en medio de su descanso para investigar el asesinato de uno de sus vecinos, Emanuel Lasker.
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En un hotel decrépito de Sitka, Meyer Landsman, detective de la policía del distrito, se despierta en medio de su descanso para investigar el asesinato de uno de sus vecinos, Emanuel Lasker. Un disparo limpio, silenciado con almohada, en la habitación 208. Landsman, bebedor crónico y agente condecorado, debe enfrentarse a un caso que lo conecta directamente con su propia soledad.
Meyer Landsman lleva nueve meses viviendo en el hotel Zamenhof, un edificio decrépito ubicado en el corazón del Sitka judío. Una madrugada lo despiertan para comunicarle que alguien ha disparado en la habitación 208. Un crimen limpio, profesional: un disparo silenciado en la nuca de Emanuel Lasker, un vecino cuyo rostro Landsman apenas recuerda.
Landsman es shammes, detective de la policía del distrito, un hombre cuyas glorias pasadas—la resolución de asesinatos memorables, testimonios que encarcelaron criminales—contrasta con su presente gris. Vive en una habitación del hotel, junto a otros residentes marginales. Bebe para dormir, duerme con una pistola debajo de la almohada, y ha dejado tras de sí un matrimonio fracasado y una hermana muerta. Su compañero Berko Shemets, casado y estable, lo conoce lo suficiente para temer sus llamadas nocturnas.
El asesinato de Lasker es inusual en Sitka. La ciudad, con más de tres millones de habitantes repartidos por su franja costera irregular, registra setenta y cinco homicidios anuales, en su mayoría crímenes pasionales: el resultado inevitable de alcohol y armas de fuego. Pero este es distinto. Esta es una ejecución profesional, ejecutada con frialdad quirúrgica. Una almohada para silenciar el disparo, ninguna señal de lucha, ninguna advertencia.
Landsman acepta el caso. No debería hacerlo—Tabatchnik y Karpas tienen el turno de noche, y él está fuera de servicio—, pero vive en el edificio. Además, ha visto algo en la habitación del muerto: un tablero de ajedrez con una partida a medio jugar. Lasker era un hombre culto, alguien que leía libros con notas al pie, que llevaba siempre corbata y sombrero. Un tipo que, en sus circunstancias, no debería estar muerto. Sitka misma está en transformación: el primero de febrero, la soberanía sobre el distrito será devuelta a Alaska. La policía de Landsman será disuelta. Todo está terminando, y un asesinato perfecto apenas es un fantasma entre los fantasmas que ya lo rodean.