La noche del 15 de septiembre de 1910, Porfirio Díaz cruza el despacho presidencial en uniforme de gala para presidir el Centenario de la Independencia.
Descargar
La noche del 15 de septiembre de 1910, Porfirio Díaz cruza el despacho presidencial en uniforme de gala para presidir el Centenario de la Independencia. Con la banda tricolor al pecho y Carmen Romero Rubio del brazo, el general que ha gobernado México treinta años intenta mostrar al mundo su régimen: una nación moderna y respetable. Pero mientras se encienden miles de luces en la ciudad y delegados de veintiocho países observan asombrados, ya circulan entre la multitud retratos de Francisco I. Madero. Este relato reconstruye las ceremonias, la pompa y los hilos políticos de un régimen que, en sus últimos meses de gloria, celebra sus logros ignorando el derrumbe inmediato.
Septiembre de 1910. La capital mexicana se transforma para celebrar el primer centenario de la Independencia. Miles de luces eléctricas envuelven los edificios, transformando plazas y avenidas en un espectáculo que deslumbra a propios y extraños. En el corazón de este esplendor se encuentra Porfirio Díaz, el general que ha conducido a la nación durante tres décadas, quien aprovecha las festividades para presentar al mundo el rostro de un México moderno, pacífico y estable.
Acompañado por su segunda esposa, Carmen Romero Rubio, Díaz preside la ceremonia del grito desde el balcón de Palacio Nacional. En torno a él se mueven delegados de más de veintiocho países, ministros y élites políticas cuyo poder parece consolidado. Cada detalle ha sido cuidadosamente orquestado: desde la iluminación de monumentos hasta la línea de sucesión en los balcones, todo busca reflejar el orden, la prosperidad y el reconocimiento internacional que Díaz cree haber conseguido.
Carmen Romero Rubio, hija de Manuel Romero Rubio y educada en los círculos de poder, fue la artífice de la imagen pulida del presidente, introduciendo en Palacio Nacional los modales y las alianzas que cimentaron la estabilidad del régimen. Su matrimonio, contraído cuando tenía apenas diecisiete años, fue en sí mismo un acto político que consolidó la posición de Díaz.
Desde el Zócalo, miles de personas se concentran bajo una lluvia de luces. Vendedores de serpentinas y buñuelos se mezclan con asistentes de gala. Bandas de música marcan el ritmo. Las avenidas brillan con adornos luminosos diseñados por la Casa Hubbard y Bourlon. Las torres de la Catedral, envueltas en focos azules, crean una atmósfera casi fantasmal. La prensa describe la ciudad como una joya de múltiples facetas, un despliegue de modernidad que pretende demostrar el éxito de la administración.
Sin embargo, en las calles circulan imágenes de Francisco I. Madero, candidato opositor. Entre los invitados internacionales y la multitud embriagada de festividad, nadie parece notar que el régimen está a punto de desmoronarse. Las elecciones de julio, las festividades de septiembre y la toma de posesión de diciembre de 1910 marcan los últimos momentos de un orden político que no sobrevivirá al año.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.