Tres hombres cuelgan del borde de una terraza de prisión en la noche clara de Castres. Diez metros hasta el muro, seis más hasta el suelo. El cálculo es mortal. Bernard salta primero, sus dedos se crispan sobre la piedra en la oscuridad.
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Tres hombres cuelgan del borde de una terraza de prisión en la noche clara de Castres. Diez metros hasta el muro, seis más hasta el suelo. El cálculo es mortal. Bernard salta primero, sus dedos se crispan sobre la piedra en la oscuridad. François lo sigue, cae en silencio. Gu es rescatado. Lo que comienza como una evasión compartida se fragmenta en huidas solitarias. Perseguidos por la gendarmería, separados en un tren que serpentea la montaña, los hombres avanzan a través de pueblos hostiles donde cada encuentro casual amenaza con revelar el secreto que les cuesta la vida.
En la noche clara de Castres, tres prisioneros llegan al borde del cautiverio. Se cuelgan de la terraza de la prisión, mirando hacia el vacío. El plan es preciso y brutal: un salto de diez metros hacia un muro coronado de cemento, y luego seis metros más hacia el suelo. El error no tiene redención.
Bernard lidera el intento. Salta con los brazos horizontales, sus dedos se crispan sobre la aspereza de la piedra. Logra sostenerse y desciende con una cuerda trenzada desde uniformes de prisionero. Desde abajo ve a François el Belga saltando. La caída es silenciosa. François cae intacto en apariencia pero completamente desarticulado, permanecerá ahí, muerto.
Luego viene Gu, el viejo, cuya reputación criminal precede su edad. Tiene miedo, sus entrañas se retuercen, pero debe saltar. Se desliza golpeándose contra el muro. Bernard lo sostiene, lo ayuda a trepar.
Abandonan el cadáver y huyen hacia los jardines. Cambian sus uniformes de prisionero por ropas viejas. Gu se transforma en indistinguible: un obrero con una bolsa de trapos. Bernard conoce la región. Caminan hacia el tren que pasa en la curva de la montaña. En la oscuridad del vagón viajan juntos, pero sus caminos se separarán. Bernard salta hacia la Montaña Negra, desaparece entre los árboles. Gu permanece solo.
El viejo continúa su fuga. Llega a un pequeño pueblo donde intenta pasar desapercibido. Entra a una panadería, luego a un café. Pero allí, mientras toma vino blanco, dos gendarmes entran investigando. Gu permanece inmóvil, observando. El patrón casi lo delata. Comprende que debe irse. Acepta trabajo en el bosque con leñadores, una quincena que le permita desvanecerse en la montaña.
La novela cuenta una historia de supervivencia donde la muerte llega sin advertencia, la amistad se fractura bajo el peso de la realidad, y la soledad se convierte en compañera permanente del perseguido. Bernard desaparece hacia el sur, buscando Marsella y un barco. Gu queda atrapado en la Francia rural, donde la gendarmería nunca duerme.
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