M'Cord, un terráqueo de diez años en Marte, encuentra a un guerrero marciano agonizante bajo el cadáver de su trifo en el desierto ecuatorial. Le salva la vida con agua y cuidados, pero entre ellos no hay amistad, apenas tregua.
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M'Cord, un terráqueo de diez años en Marte, encuentra a un guerrero marciano agonizante bajo el cadáver de su trifo en el desierto ecuatorial. Le salva la vida con agua y cuidados, pero entre ellos no hay amistad, apenas tregua. Thaklar pertenece a la Sangre Alta, una raza orgullosa que ha sufrido la rapacidad de los colonos. Mientras M'Cord busca uranio, el marciano se dirige al sudeste secretamente. Su encuentro casual marca el inicio de un viaje que los enfrentará a fuerzas superiores a su voluntad.
Sobre las arenas rojas de Marte, bajo un cielo violáceo y un sol que no calienta, M’Cord cabalga en busca de uranio. Es un terráqueo enjuto, de fríos ojos grises, un hombre que ha aprendido a sobrevivir en el desierto durante diez años. Su trifo siente el olor a muerte y lo lleva hacia un descubrimiento que lo alterará.
Encuentra a Thaklar, un guerrero marciano de la Sangre Alta, tendido bajo su trifo muerto. Después de tres días luchando contra la arena estéril, está al borde de la muerte: deshidratado, con una pierna rota. Su odio hacia los terráqueos es palpable, pero en el desierto existe un código más antiguo que el rencor.
M’Cord desenfunda su compasión como su arma: lentamente, permitiendo que Thaklar entienda sus intenciones. Le ofrece agua de manera que no ofenda su orgullo, inmoviliza la fractura, administra medicinas disimuladas. El guerrero lo observa con recelo, pero acepta la ayuda de quien debería ser su enemigo.
Juntos recorren las grietas verdes de Marte. Thaklar es un aoudh, un desterrado sin clan. M’Cord es un f’yagh, un colonizador odiado. Son dos hombres de mundos en conflicto, atrapados en una paz armada que puede romperse en cualquier instante. Entre ellos crece algo que no es amistad ni enemistad: el respeto silencioso de quienes han mirado la muerte a los ojos bajo el mismo desierto. Pero la pregunta permanece: ¿hacia dónde se dirigen realmente?