Un hombre apodado «El Araña» llega a un albergue costero para escribir sus memorias tras huir de Bolonia. Allí, frente al Mediterráneo, confiesa haber hecho fortuna vendiendo ideas ajenas como propias.
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Un hombre apodado «El Araña» llega a un albergue costero para escribir sus memorias tras huir de Bolonia. Allí, frente al Mediterráneo, confiesa haber hecho fortuna vendiendo ideas ajenas como propias. Perseguido por quienes desean su muerte, recopila pruebas en casetes grabados. Su historia comienza en la infancia, cuando su imaginación desbordante lo convertía en arquitecto silencioso de mundos invisibles, habilidad que luego transformaría en negocio y condena.
Petter, conocido como «El Araña», descubre en un viejo albergue junto a la costa la razón de estar vivo. Ha huido de Bolonia con lo puesto, eligiendo un destino al azar en un avión de huida. Ahora, mirando las barcas azules de los pescadores y la vieja torre árabe en el acantilado, siente que por fin puede pensar con claridad. Ha decidido escribir sus memorias como barrera de protección: es improbable que lo maten alguien cuyas memorias están a punto de publicarse.
Durante años, Petter fue un vendedor de cuentos sin parangón. No contravenía ley alguna, pero sus transacciones eran vergonzosas para quienes las aceptaban. Compraba ideas, aforismos, historias incompletas, las pulía hasta la perfección y las vendía a personas de nombre establecido. Su mercado fue ilimitado, su mercancía inagotable, y se hizo extraordinariamente rico.
El verdadero origen de su don reside en la infancia. Mientras otros niños jugaban, Petter permanecía sentado en el silencio, orquestando cada uno de sus movimientos desde la distancia. Un día reveló a su madre la historia de Panina Manina: la acróbata de circo que en realidad era la hija perdida de su director, rescatada de un río helado por una pitonisa que vivía en una caravana rosa, destinada a romperse la nuca en la última función. Ya entonces sabía cómo convertir la imaginación en poder.
Lo inquietante de su confesión no es la estafa en sí, sino su confusión genuina. Escribe para entenderse porque no logra distinguir entre lo recordado vivido y lo recordado imaginado. Su memoria contiene tanto las impresiones sensoriales como la vida que construyó en su soledad. Y el hombrecillo del sombrero verde de fieltro, perseguidor desde sus sueños infantiles, pasea por la habitación exigiéndole que confiese todo.