Un hombre regresa a Casablanca para el funeral de Bobby Serna, amigo que se suicidó sin que nadie lo creyera capaz. Entre la multitud de plañideros en la iglesia blanca busca el rostro de Moira Serna, una mujer con la que comparte treinta…
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Un hombre regresa a Casablanca para el funeral de Bobby Serna, amigo que se suicidó sin que nadie lo creyera capaz. Entre la multitud de plañideros en la iglesia blanca busca el rostro de Moira Serna, una mujer con la que comparte treinta años de historia silenciosa y una conexión que ha persistido intacta. Moira se acerca, abandona el cortejo familiar y se va con él. En el camino rural hacia el cementerio, mientras el cigarrillo humea y la pena flota sin pronunciarse, las vidas de ambos convergen de nuevo en el espacio frágil de lo no dicho, donde siempre han vivido los sentimientos que los unen.
En una plaza de Casablanca, bajo el sol del mediodía, llega un cortejo de automóviles y hombres elegantemente vestidos que no parecen pertenecer a ese paisaje rural. Es el funeral de Bobby Serna, joven que eligió poner fin a su vida de forma violenta, una decisión que sorprende a quienes lo conocían por su timidez, su reticencia, su mundo interior callado. El narrador, presente entre los asistentes, piensa en Bobby mientras busca entre la multitud un rostro familiar desde hace tres décadas: el de Moira Serna.
Moira y el narrador comparten una historia que comenzó hace treinta años, cuando dos vidas jóvenes se cruzaron en la casa de una familia de hermanas hermosas que la sociedad admiraba. Desde entonces, a pesar de los años, la distancia y los silencios prolongados, algo entre ellos persiste: una mutua curiosidad, una conexión que vuelve una y otra vez. Moira siempre ha sabido encontrar al narrador cuando la distancia amenaza con disolverlos en el olvido.
En la iglesia blanca de Casablanca, con la música de Pink Floyd sonando entre las naves, Moira lo ve. Su mirada se cruza con la del narrador en el instante exacto en que ella necesita no estar sola. Abandona el cortejo familiar, atraviesa la plaza y se va con él. En el auto que recorre el camino rural hacia el cementerio, entre álamos y el avance lento del cortejo fúnebre, los dos hablan poco pero dicen mucho. Moira está nerviosa, inquieta, cargando el peso de responsabilidades que sus hermanas no compartirán. El narrador, que pasó la noche anterior en vela pensando en Bobby y en todos ellos, la escucha.
Bajo la superficie de esa conversación trivial hay algo más profundo: la conciencia de que la vida adulta es gris y aburrida, que la diversión se acabó, que ambos se encuentran solos en el mundo de maneras que no siempre se pueden articular. Moira fuma cigarrillos que el narrador le enciende, mira por la ventana con la vista perdida, y en sus gestos hay una melancolía que va más allá del luto. El narrador la observa de perfil, reconcentrada, hermosa, independiente a pesar del tiempo transcurrido. Aunque viajan en silencio durante largos tramos, ese silencio no es vacío sino lleno de significado, como ha sido siempre entre ellos.
Cuando sus miradas se cruzan nuevamente, hay el destello de una sonrisa compartida. Es el lenguaje de dos personas que se conocen profundamente, que comparten una historia que no necesita ser explicada, que están juntas en el duelo de Bobby pero también en el duelo silencioso de vidas que fueron distintas a como las imaginaron.
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