En una tranquila tarde en la tienda familiar de vinos de Eilhart, Reinmar Wieland atiende a un cliente poco usual. El joven, destinado por su padre a una vida de comercio, sueña con algo más allá de las convenciones del pueblo.
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En una tranquila tarde en la tienda familiar de vinos de Eilhart, Reinmar Wieland atiende a un cliente poco usual. El joven, destinado por su padre a una vida de comercio, sueña con algo más allá de las convenciones del pueblo. Cuando un desconocido llega preguntando por miembros de su familia que parecen olvidados, todo apunta hacia un encuentro que alterará el destino que había sido trazado para él.
En el pueblo de Eilhart, junto al río Reik, la vida transcurre según ritmos inmutables. Las amas de casa compran sus provisiones temprano, cuando la carne y la leche están frescos. El vino se vende en dos momentos del día: por la mañana a las familias acomodadas, y al caer la tarde a trabajadores y sirvientes que necesitan aliviar con un sorbo la calidad pobre de sus alimentos. En la tienda de los Wieland, este ciclo se repite cada día, como lo ha hecho durante generaciones.
Reinmar Wieland tiene diecisiete años. Su padre Gottfried le ha enseñado que el comercio de vinos es una profesión noble, que el buen vino tiene una dignidad casi sagrada, y que abandonar el negocio familiar sería una traición imperdonable. Trabaja ahora jornadas completas tras el mostrador mientras el resto del pueblo duerme o descansa. La educación ha terminado. El entrenamiento en artes de combate ha cesado. De ahora en adelante, según la voluntad de Gottfried, su vida será exclusivamente el trabajo.
Pero en las horas tranquilas de la tarde, cuando la tienda está vacía, Reinmar sueña. Sueña con Altdorf y Marienburg, ciudades grandes del Imperio donde un hombre libre podría vivir según su propia voluntad. Sueña incluso con Bretonia, cuyas fronteras están apenas a cuarenta leguas de distancia, aunque separadas por montañas infranqueables. Estos sueños lo sostienen durante los años más difíciles de su juventud. Su mejor amiga Margarita solía compartir estas fantasías, pero en los últimos tiempos se ha vuelto pragmática.
Una tarde sofocante, cuando el calor es casi insoportable, un desconocido entra en la tienda. Es un hombre bajo y corpulento, con barba de dos días y prendas que sugieren un viaje por vía fluvial. Podría tener cualquier edad entre treinta y sesenta años. Sus ojos son estrechos y de un marrón oscuro, pero poseen un brillo extraño.
No busca vino ordinario. Pregunta por Luther Wieland, el abuelo de Reinmar, postrado en cama desde hace años. Cuando le dicen que es su padre quien maneja la tienda, pregunta por Albrecht, tío de Gottfried. Reinmar apenas recuerda a este tío, a quien su padre aparentemente evita desde hace mucho tiempo. El desconocido pide vino oscuro, una bebida que Reinmar no reconoce entre toda la mercancía.
Cuando el extraño revela que es pariente de la familia, algo cambia en el encuentro. No es un cliente ordinario. Sus palabras contienen un peso que Reinmar aún no comprende. El joven que ha pasado toda su vida en Eilhart, destinado desde el nacimiento a heredar una tienda de vinos, comienza a vislumbrar que su pequeño mundo provincial alberga secretos que su padre nunca le ha contado, y que este encuentro podría ser el primer paso hacia algo que alterará completamente el destino que le había sido cuidadosamente preparado.
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